El brote de ciclosporiasis ya tiene víctimas colaterales. No son las que enfermaron. Son los agricultores que no tenían nada que ver.
Un productor del Valle de Salinas, California, tuvo que triturar 300,000 libras de corazones de romaine y enterrarlos. Sin evidencia de infección. Sin ningún vínculo con el parásito. Solo porque el mercado colapsó.
«Habría sido mejor tomarme unas vacaciones en el sur de Francia que plantar el cultivo», dijo el agricultor a The Wall Street Journal.
Su empresa, Cox's Coastline Family Farms, surte a grandes cadenas de supermercados y restaurantes de primer nivel. La demanda cayó hasta un 30%. No por culpa suya. Por el pánico.
El brote fue rastreado hasta lechuga iceberg proveniente del centro de México. La responsable identificada es Taylor Farms, la mayor proveedora de lechuga del país, con sede en California. Ella emitió el retiro del producto en 27 estados. También suspendió las importaciones de esa región por el resto de la temporada.
El CDC reporta más de 1,600 casos en cinco estados del Medio Oeste. Pero el daño comercial se extendió a casi todo el país.
«Los consumidores ya no saben qué es seguro», explicó Joelle Mosso, científica de alimentos en Western Growers, grupo gremial de granjas familiares. «Por precaución, simplemente están evitando todo».
El Valle de Salinas no es un productor menor. Es conocido como «el tazón de ensalada de América». Provee casi la mitad de la lechuga que consume el país.
No todos respondieron igual. Viraj Puri, fundador de Gotham Greens en Brooklyn, decidió no reducir la siembra. «Los beneficios de una dieta basada en frutas y verduras son indiscutibles», dijo al Journal. Apuesta a que los consumidores recuperen la confianza.
Otros no pueden darse ese lujo.
---
Esto es lo que pasa cuando el aparato regulatorio falla en comunicar con precisión. El brote tiene un origen identificado. Tiene un producto retirado. Tiene una empresa responsable. Pero el mensaje que llegó al consumidor fue otro: no comas lechuga, ninguna, de ningún lado.
El resultado es predecible. Productores sin culpa destruyen cosechas. Familias agricultoras absorben pérdidas que no generaron. Y la cadena de libre empresa paga el costo de una crisis de comunicación pública.
Que no te lo cuenten: el daño más grande no siempre lo hace el parásito. A veces lo hace el pánico que nadie se molestó en contener.



