El magistrado del Tribunal Supremo Samuel Alito, de 76 años, desmontó esta semana las especulaciones sobre su retiro con una respuesta que no dejó margen de interpretación. «Obviamente, estoy aquí para otro mandato», declaró en entrevista publicada por el editorial del Wall Street Journal.
Todo comenzó cuando Nina Totenberg, veterana corresponsal de National Public Radio, publicó —y luego retiró— un artículo que afirmaba que Alito abandonaría la corte al término del período 2025-26. NPR reconoció que Totenberg malinterpretó un anuncio interno sobre retiros en el tribunal y lo atribuyó erróneamente al magistrado. El daño, sin embargo, ya estaba hecho: semanas de rumores instalados en el debate político.
Alito lleva más de 20 años en el banco, tras ser nombrado por el expresidente George W. Bush. No es el magistrado de mayor edad ni el de mayor antigüedad en la corte; esos títulos pertenecen al magistrado Clarence Thomas, designado por George H.W. Bush.
En la entrevista, Alito fue directo sobre las presiones para que se retire: «No es agradable, en el sentido de que es un recordatorio de la mortalidad. Es como, ¿qué están haciendo esos buitres ahí arriba? Están volando en círculos. Pero así es la designación vitalicia».
Sobre la acusación de que sus fallos responden a la agenda del presidente Trump, Alito rechazó la premisa: «Voto en cada caso como creo que debe decidirse. Si eso implica una alta correlación con lo que Trump quiere, bien. Si implica correlación cero, bien también».
Este período, Alito ha formado parte de mayorías que respaldaron la autoridad ejecutiva de Trump en materia arancelaria —caso Learning Resources v. Trump— y en la remoción del estatus de protección temporal a nacionales haitianos y sirios —caso Mullin v. Doe.
---
El episodio de NPR no es anecdótico: es el manual del relato progresista en acción. Primero se publica la historia que conviene —el magistrado conservador se va, Trump pierde su oportunidad—, luego se retracta en voz baja, y el daño político ya circula en redes. La radio pública, financiada con dinero de los contribuyentes, sigue siendo una correa de transmisión del deseo más que del hecho verificado.
Alito, con su respuesta lacónica, hizo lo que debería hacer cualquier institución seria: ignorar el ruido y confirmar la realidad. Que no te lo cuenten.



