Un policía del Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) de 30 años fue apuñalado en la mano derecha por un desconocido mientras caminaba fuera de servicio con un amigo en el barrio de Bayside, Queens, según informaron las autoridades.
El incidente ocurrió alrededor de las 12:50 a.m. del miércoles en Bell Boulevard, cerca de la avenida 39. Según fuentes policiales, dos hombres desconocidos se acercaron al agente por detrás. Uno de ellos dijo algo en español, pero la víctima no lo entendió. Acto seguido, el sospechoso sacó un cuchillo y lo atacó.
El oficial fue trasladado a un hospital cercano en condición estable. Los dos sospechosos huyeron hacia el norte por Bell Boulevard y, horas después del ataque, continuaban prófugos. Las autoridades los describieron así: uno vestía camisa negra y jeans azules; el otro, camisa roja y jeans azules.
Que no te lo cuenten: un policía en su tiempo libre, caminando con un amigo en un barrio residencial de Queens, termina en urgencias con una mano apuñalada por dos extraños que se acercan por la espalda. No hubo provocación documentada. No hubo disputa previa. Fue un ataque a ciegas.
Este tipo de agresiones —aleatorias, nocturnas, contra ciudadanos que no pueden anticipar nada— son exactamente lo que los defensores del desfinanciamiento policial prefieren no discutir. La burocracia progresista que gobierna Nueva York lleva años prometiendo que menos presencia policial y más «intervención comunitaria» reducirían la violencia. El relato se cayó solo cada vez que un agente, o cualquier vecino, termina en el hospital por caminar en la calle equivocada a la hora equivocada.
Mientras los sospechosos siguen libres, la pregunta que nadie en Gracie Mansion quiere responder es simple: ¿cuántos ataques más hacen falta para que el orden público vuelva a ser la prioridad número uno?



