Ya son seis los F-16 que esperan en el Área Material del aeropuerto de Río Cuarto, Córdoba. Seis de los 24 aviones de combate supersónicos que el gobierno de Javier Milei adquirió a Dinamarca. Y la cifra va a crecer antes de lo esperado.
El coronel Juan Manuel Sosa, uno de los jefes del programa «Peace Condor», lo confirmó sin rodeos: «El próximo lote llegará en septiembre, antes de lo previsto». La segunda entrega estaba pautada para fin de año. Se adelanta. Y según la Fuerza Aérea, eso arrastrará hacia adelante las incorporaciones siguientes.
Los cazas monomotor tienen 15 metros de largo, cabina burbuja y alas en flecha. Son de los 80, sí. Pero en Río Cuarto se realizan trabajos de modernización, inspección y mantenimiento para demostrar que tienen vida remanente. Instructores estadounidenses y argentinos los vuelan a diario: despegues abortados, maniobras de ascenso vertical, giros cerrados. Llegan a 2.500 metros en cuestión de segundos.
Dentro del hangar 3 —interior secreto al público— funcionan un simulador, talleres, computadoras y aparatos de inteligencia. Los pilotos practican cuatro veces más en simulador que en el aire. Ya están recibidos los repuestos necesarios para los próximos cuatro años. El sistema se gestiona mediante el software Ilias, que permite seguimiento en tiempo real de vuelos, problemas y ataques.
El destino final de los 24 aviones es la VI Brigada Aérea de Tandil, considerada más estratégica para la defensa del espacio aéreo nacional. Pero las obras allí demandarán entre dos y dos años y medio: nueva pista central, hangares, áreas técnicas, sistemas de frenado, ampliación de plataformas y renovación de depósitos. Mientras tanto, Río Cuarto opera como centro de incorporación y formación. Desde allí, los F-16 podrían despegar en minutos ante cualquier amenaza detectada.
El proyecto contempla que cada piloto permanezca exclusivamente en el programa volando un F-16 durante siete u ocho años.
Que no te lo cuenten. Argentina llevaba una década sin un caza supersónico operativo —los Mirage fueron retirados en 2015— y la respuesta del Estado ante una amenaza aérea era, en la práctica, ninguna. El programa «Peace Condor» no es un capricho militarista: es la recuperación de una capacidad soberana básica que gobiernos anteriores dejaron caer por desidia o por cálculo político.
La soberanía no se declama en discursos. Se sostiene con infraestructura, formación y equipamiento real. Que el segundo lote llegue antes de lo previsto no es un dato menor: es la señal de que, cuando el Estado se concentra en sus funciones esenciales en lugar de expandirse hacia donde no le corresponde, las cosas funcionan.



