Xavier Becerra encabeza la carrera por la gobernación de California con una ventaja de 25 puntos sobre el republicano Steve Hilton, según la encuesta más reciente del Public Policy Institute of California. En un estado pintado de azul profundo, eso no sorprende a nadie. Lo que sí sorprende —o debería— es lo que revelan los números cuando se rasca un poco más.
Dos tercios de los votantes probables se oponen a la orden ejecutiva del gobernador Gavin Newsom que prohíbe la venta de vehículos nuevos de gasolina a partir de 2035. El 68% dice que los costos de energía son un problema. Una proporción similar señala que los precios de la gasolina son un problema mayor. Y seis de cada diez californianos no están dispuestos a pagar más por energía «renovable» si eso significa una factura más alta.
Becerra, sin embargo, defiende esas mismas políticas. Respalda el paquete verde de Newsom y ha defendido el impuesto estatal a la gasolina —el más alto de toda la nación, según la fuente.
Ahí está la contradicción que nadie en el establishment demócrata quiere discutir en público: el candidato favorito sostiene posiciones que la mayoría de los votantes de su propio estado rechaza. La solución obvia para Becerra es no debatir. Que no haya escenario donde Hilton pueda forzar esa conversación.
El precedente existe. En 2014, Jerry Brown ignoró durante meses al republicano Neel Kashkari, accedió a un solo debate sin audiencia en vivo y, aunque según la fuente perdió ese debate, ganó la elección de todos modos. Brown era un incumbente buscando un histórico cuarto mandato; era ya una institución. Becerra compite por una silla vacía. No es lo mismo.
La lealtad partidaria en California es real y poderosa. Pero esa lealtad no debería ser una licencia para gobernar sin rendir cuentas. Si Becerra nunca tiene que defender sus políticas energéticas ante un oponente y ante cámaras, los votantes llegan a las urnas sin información real. Eligen la letra «D», no una plataforma.
Contrafuego lo dice claro: cuando un candidato evita el debate, no es estrategia, es miedo. Miedo a que los votantes descubran que pagan la gasolina más cara del país precisamente porque sus líderes así lo decidieron, impuesto por impuesto, regulación por regulación. El libre mercado energético no falló en California; lo prohibieron. Y nadie quiere responder por eso frente a una cámara encendida.
Que no te lo cuenten.



