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Opinión · Análisis

Becerra lleva casi dos meses sin hablar con la prensa y ya quiere gobernar California

El candidato demócrata evita a reporteros y votantes mientras sus asesores le dicen que no necesita hacer nada para ganar. La democracia como decorado.
Imagen generada con IA
sábado 8 de agosto de 2026

Xavier Becerra aspira a la gobernación de California, pero lleva casi dos meses sin hablar con los medios de comunicación. Esta semana volvió a esquivar a los reporteros, lo que según el New York Post equivale también a esquivar a los votantes.

El patrón no es nuevo. Así campaña la izquierda institucional cuando cree que ya tiene el resultado asegurado: sin preguntas incómodas, sin debates espontáneos, sin rendir cuentas. Becerra se reúne con asesores políticos, líderes sindicales y grupos de interés especial mientras el calendario electoral avanza sin que haya emitido una sola declaración libre ante la prensa.

La lógica, según el análisis del Post, es brutal en su cinismo: California es en la práctica un estado de partido único. El peor candidato demócrata casi siempre vence al mejor candidato republicano, porque el registro de votantes está muy sesgado y porque los sindicatos pueden movilizar el voto a favor de quien el partido indique. Los asesores de Becerra, al parecer, le dicen exactamente eso: no hables con los medios, no hay más que perder, ya tienes esto en el bolsillo.

Pero hay preguntas que no desaparecen por decreto del silencio.

La primera: ¿qué ocurrió con los aproximadamente 130.000 niños migrantes que Becerra perdió de vista durante su etapa en Washington, después de que cruzaran ilegalmente y fueran liberados en el país? La segunda: ¿cuánto sabía Becerra sobre el acuerdo irregular que supuestamente le permitió traer a su asesor de mayor confianza a la capital federal?

Ninguna de esas preguntas figura en las entrevistas que Becerra no da.

Un candidato que rehúsa hablar con la prensa y que evita cualquier interacción espontánea con los ciudadanos puede ganar unas elecciones, pero no gana un mandato para hacer nada relevante. Esa es la tesis del Post, y es difícil rebatirla.

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Esto es lo que ocurre cuando la burocracia se convierte en clase política permanente: el funcionario que no respondió por 130.000 menores perdidos ahora pide el cargo más alto del estado más poblado del país, y lo hace desde el silencio. No es humildad. Es desprecio.

En un sistema sano, la prensa es el mecanismo mínimo de rendición de cuentas entre elecciones. Cuando un candidato la ignora durante dos meses, no está siendo prudente: está diciéndote, a ti, votante, que no te debe nada. Que ya tiene los votos contados. Que la democracia es el trámite, no el fondo.

Que no te lo cuenten.

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