Xavier Becerra quedó otra vez en el centro de las críticas por lo que una fuente describe como un intento de «maquillar» su historia de vida. El exsecretario del gabinete de Biden, que compite por la gobernación del estado más poblado del país, afirmó que sus padres inmigraron a Estados Unidos con solo $12. Pero la misma fuente sostiene que, en realidad, su padre nació en Sacramento.
La reacción no fue suave. A Becerra lo han golpeado excolaboradores que lo llamaron «idiota», «b— ass» y no apto «para ser jefe de nada», según la fuente. Y ahora se suma otra acusación: habría distorsionado su origen para explotar la política identitaria y cortejar a votantes latinos.
El caso no aparece aislado. La fuente lo compara con otros políticos golpeados por exagerar o falsear elementos de su biografía: Elizabeth Warren, Dick Blumenthal, Tim Walz y también Gavin Newsom. El patrón es claro en el relato editorial: cuando un político juega con la verdad en lo básico, la confianza se erosiona en todo lo demás.
Eso es precisamente lo que está en juego. Si un candidato no habla limpio sobre su propio pasado, ¿por qué debería el votante aceptar sin dudas lo que promete sobre impuestos, presupuestos, plagas, emergencias, clima o la eterna «necesidad» de más impuestos? Esa es la pregunta que deja la polémica alrededor de Becerra.
Steve Hilton, candidato republicano a gobernador, aprovechó un discurso el miércoles para golpearlo y describirlo como un «traje vacío», según la fuente. La maquinaria del Partido Demócrata en California, añade la misma fuente, lo habría moldeado como «un trozo de barro con corbata».
El fondo del problema es más grande que una anécdota de campaña. Cuando la casta política cree que puede pulir su biografía a conveniencia, también revela su desprecio por la honestidad como regla mínima de liderazgo. Y sin honestidad, todo lo demás se vuelve propaganda.
Que no te lo cuenten. La doble vara es evidente: a los ciudadanos se les exige credibilidad absoluta, pero a ciertos candidatos se les permite adornar su pasado como si la verdad fuera un accesorio opcional. El relato se cayó solo. Y con él, otra vez, la confianza en una clase política que vive de pedir fe mientras negocia con la hipocresía.


