Xavier Becerra, aunque va adelante en las encuestas, salió mal parado del debate del miércoles por la noche en CNN frente a Steve Hilton, según la cobertura de New York Post. Hilton, descrito como un republicano outsider, lo llevó de un lado a otro y lo obligó a esquivar preguntas básicas sobre su récord y sus políticas.
Cuando Becerra intentó atacar los recortes de impuestos de Hilton y dijo que la «definición de locura» era hacer lo mismo una y otra vez, Hilton le devolvió la frase: «Como votar demócrata». Desde ahí, según la nota, la usó una y otra vez contra él.
Hilton también lo presionó por su historial. Cuando Becerra afirmó que recortaría la burocracia para impulsar la vivienda, Hilton le pidió un ejemplo concreto de cuándo lo había hecho. No pudo responder. Y cuando le preguntó por dinero recibido de OpenAI y Anthropic para discutir su credibilidad en inteligencia artificial, Becerra evitó la pregunta y mencionó otras tecnológicas que había demandado.
La parte más delicada llegó cuando Hilton lo encaró por haber aplicado mandatos de mascarilla a niños de 2 y 3 años mientras era secretario de Salud y por haber perdido el rastro de miles de niños migrantes. Becerra, siempre según la cobertura, no encontró salida.
Luego vino el giro más bajo: Becerra dijo que Hilton solo quería inmigrantes que se vieran como él, es decir, blancos. Hilton respondió: «Qué comentario más vergonzoso». Incluso cuando Hilton dejó abierta la puerta para que Becerra respondiera con altura —al citar a Susan Rice, quien lo llamó «idiota» y «bitch-ass»— el demócrata no se elevó; se limitó a decir que no respondería a un «político».
El resultado fue brutal: Becerra no ofreció una sola idea nueva ni un pensamiento original, y usó casi todas sus respuestas para atacar a Trump en vez de defender su propia campaña. Que no te lo cuenten: cuando un candidato depende más del enemigo de siempre que de su propio programa, el problema no es de comunicación. Es de vacío.
Otra vez la doble vara. Mientras la burocracia demócrata pide confianza, pide votos y pide paciencia, no logra sostener un debate básico sobre vivienda, inmigración o inteligencia artificial. Y cuando queda expuesta, recurre a la consigna, al insulto o al ataque identitario. El costo lo paga el votante: menos claridad, menos rendición de cuentas y más relato para tapar un expediente pobre.



