UC Berkeley tiene programado que un grupo estudiantil reciba por enlace remoto al activista Mohamed Abdou el 6 de octubre, según la fuente. La cita ocurre en vísperas del aniversario del 7 de octubre de 2023, cuando Hamás irrumpió en Israel, violó a decenas de mujeres, mató a 1.200 personas y tomó 251 rehenes.
La misma fuente señala que Abdou se describe como «con Hamás, Hezbolá y la Yihad Islámica» y que en abril dijo a estudiantes de la NYU: «Siéntanse orgullosos de su odio a Estados Unidos». También afirma que, tras dirigirse a alumnos de esa universidad, sostuvo: «Tú amas el islam, y deberías amar el islam más que esta colonia bárbara. Es una plaga sobre la Tierra. Y sí, en ese sentido, tienes que ser una amenaza. Todos necesitamos ser una amenaza».
Mientras tanto, las voces contrarias en el campus no reciben el mismo trato. La fuente recuerda que quien hable en Berkeley contra Hamás y el 7 de octubre puede esperar abucheos, hostigamiento o algo peor. Y añade que las voces conservadoras han enfrentado durante años el «veto del abucheo»: fueron silenciadas, intimidadas o empujadas a callar mediante amenazas de violencia.
El antecedente tampoco ayuda a la imagen de la universidad. En 2017, Milo Yiannopoulos, David Horowitz y Ann Coulter cancelaron charlas previstas en Berkeley por amenazas de seguridad. Ese mismo año, Ben Shapiro sí habló en Zellerbach Hall, pero bajo un despliegue que incluyó policía armada, una barrera de concreto, perímetro asegurado y cierre de edificios cercanos. Y en 2024, incluso Condoleezza Rice fue abucheada repetidamente durante una intervención en campus junto a Carol Christ.
El patrón es claro: Berkeley invoca la libertad de expresión cuando le conviene, pero la abandona cuando la voz incómoda no viene de la izquierda militante. Que no te lo cuenten: eso no es pluralismo; es burocracia ideológica con credenciales académicas.
Y el costo no es abstracto. Cuando una universidad pública normaliza a quienes glorifican el odio y pone trabas, explícitas o por omisión, a quienes discrepan, degrada el debate y traiciona el principio que dice defender. El relato se cayó solo: en Berkeley, la libertad de expresión sigue viva solo para una parte.


