Unos 150 trabajadores agrícolas que estaban en Arizona acaban de cruzar a California. Vienen de una zona con brote activo de sarampión. Ahora tres condados del Valle Central los tienen bajo vigilancia sanitaria.
Fresno, Madera y Merced, junto con el Departamento de Salud Pública de California, confirmaron la situación. Los trabajadores estuvieron expuestos a la infección en la parte de Arizona de donde provienen. Hasta el momento, ninguno ha dado positivo.
Las autoridades advierten que llegarán más trabajadores en los próximos días. El Departamento de Salud del Condado de Fresno dice que el riesgo para la población general es bajo. Aun así, prepara avisos y medidas preventivas. Quien tenga tos, secreción nasal, sarpullido, fiebre u ojos rojos debe contactar a su médico.
La vacuna MMR de dos dosis ofrece un 97% de protección, según las autoridades sanitarias. Es segura y eficaz, insisten.
Hasta aquí los hechos. Ahora la lectura que nadie en Sacramento quiere hacer en voz alta.
Un brote que empezó en Arizona no se contiene solo con «monitoreo». Se contiene con protocolos de verificación en el punto de origen, antes del traslado. Eso no ocurrió. El aparato estatal californiano reacciona cuando el problema ya está en casa. No antes. Ese es el patrón.
Los trabajadores agrícolas son los más vulnerables en este escenario. Son quienes viven más expuestos, con menor acceso a atención médica y mayor movilidad entre estados. La burocracia sanitaria los convierte en variable de ajuste: se les vigila, se les cuenta, se les da un número de teléfono. Mientras tanto, los condados absorben el costo operativo de un problema que pudo gestionarse aguas arriba. El contribuyente californiano paga la factura de la imprevisión. Otra vez.



