Bruno Rodríguez afirmó este sábado ante la Asamblea General de la ONU que espera «que nunca ocurra» una intervención militar de Estados Unidos en Cuba. También dijo que, si se materializara, la isla ejercería «con toda su determinación y energía su legítimo derecho a defenderse».
El canciller de Cuba sostuvo además que «persiste la amenaza del uso de la fuerza militar» contra la isla. Según su discurso en la ONU, una acción de ese tipo «constituiría un crimen de gran envergadura», provocaría muertes de cubanos y de jóvenes estadounidenses, y causaría «una enorme destrucción».
Las declaraciones de Rodríguez coincidieron con comentarios de Donald Trump. El presidente de Estados Unidos afirmó que no cree «que sea necesario el Ejército» contra Cuba y que, a su juicio, Washington y La Habana harán «un acuerdo».
Trump añadió que quiere «ayudar a Cuba» y «abrir» el país porque hay «cubano-estadounidenses que quieren regresar». También respondió a la prensa en la Casa Blanca después de que CBS News informara de que las Fuerzas Armadas estadounidenses se están preparando para una posible acción militar.
La víspera, Rodríguez había dicho a NBC News que Estados Unidos «nunca podrá encontrar justificación» para un ataque militar contra la isla. También afirmó que no cree que se repita una acción similar a la de Venezuela.
Lo que queda claro es que la presión verbal sigue subiendo mientras la incertidumbre pesa sobre la isla. Cuando la diplomacia se mezcla con advertencias militares, el costo potencial lo pagan siempre los ciudadanos comunes, no la burocracia que juega con el tablero desde lejos.
Otra vez la doble vara: el régimen cubano invoca defensa y supervivencia, mientras Washington habla de abrir y ayudar. Pero la verdad es más simple. Ningún gobierno serio debería normalizar la amenaza militar como herramienta de política exterior. Que no te lo cuenten: cuando el poder se acostumbra a hablar con el lenguaje de la fuerza, el precio lo termina pagando la libertad de la gente.



