Primero fue la pintura en aerosol. Luego las gotas para los ojos. Ahora, el bistec y la carne molida tienen rejas propias.
Un Walmart en San José, California, colocó cortes de res y paquetes de carne molida dentro de jaulas metálicas de seguridad para frenar el robo. Lo documentó el influencer Tony Bartleson —conocido en redes como «Meatdad»— en un video que acumula más de 3,8 millones de vistas. Sosteniendo un rib-eye de cowboy a casi 16 dólares la libra, Bartleson lo resumió en cuatro palabras: «Bienvenido a California».
El clip también mostró un paquete de tres libras de carne molida encerrado en su propia celda metálica. La imagen dio la vuelta a internet y encendió el debate.
La reacción en redes fue mayoritariamente de resignación pragmática. «Con gente robando lo que no ha pagado, no le echo la culpa a Walmart. Si eres una persona honesta que piensa pagar, ¿por qué te molestaría?», escribió un usuario. Otro añadió: «Cuando esto se roba constantemente, eso sube los precios». No todos coincidieron: hubo quienes cuestionaron la medida, y Bartleson mismo expresó su esperanza de que «lleguemos a un punto donde estas medidas ya no sean necesarias».
Walmart no confirmó si la decisión fue de una sola tienda o de toda la cadena en el estado. The California Post contactó a la empresa sin obtener respuesta al cierre de esta nota.
No es la primera vez. Un video similar se viralizó el año pasado mostrando el pasillo de carnicería de otro Walmart con carne enjaulada.
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Que no te lo cuenten. Lo que se ve en ese video no es una anécdota pintoresca: es la fotografía fiel de adónde lleva la política de «tolerancia cero al encarcelamiento» que California ha aplicado durante años al robo minorista. El resultado lo paga el consumidor honesto, que ahora necesita llamar a un empleado para llevarse medio kilo de carne a casa.
El relato progresista dice que la culpa es de los precios, de la desigualdad, del sistema. Pero las jaulas no las puso el sistema abstracto: las puso una empresa que hace cuentas y descubrió que perder mercancía sale más caro que instalar metal. Cuando el Estado renuncia a proteger la propiedad, el costo no desaparece —se traslada al precio final que paga quien sí trabaja y sí paga. Eso no es solidaridad; es un impuesto encubierto a la gente de bien.



