NASA acaba de adjudicar casi 600 millones de dólares para construir la infraestructura que llevará humanos de regreso a la Luna. SpaceX, por su parte, anunció que su foco inmediato también es el satélite natural. Ambas organizaciones comparten el mismo principio: el éxito no empieza en el lanzamiento, empieza en la planificación.
El contraste con la forma en que Estados Unidos trata a sus veteranos sin hogar es brutal.
California concentra aproximadamente el 28% de los veteranos sin hogar del país, según la fuente. El estado lleva gastados decenas de miles de millones de dólares y los resultados, visiblemente, empeoran. La métrica preferida del sistema es el número de camas construidas, no el número de personas que salen definitivamente de la calle. Como señala el autor del análisis, sería equivalente a que la NASA celebrara la cantidad de baldosas térmicas producidas para cohetes que nunca llegan a la Luna.
Elon Musk, al conocer la magnitud del problema en otoño de 2024, reaccionó en X con una frase escueta: «Wow, this is messed up». Millones de estadounidenses comparten ese diagnóstico. El desacuerdo no está en el problema, sino en la solución.
La tesis central es que la crisis de veteranos en situación de calle no es principalmente una escasez de vivienda ni de financiamiento: es un fallo de diagnóstico, rendición de cuentas e incentivos. Las políticas de «compasión» que toleran el consumo abierto de drogas y los campamentos desordenados son, en palabras del texto, «abandono disfrazado de empatía». Lanzar a un veterano a una vivienda subsidiada sin tratar su adicción o su trauma es, simplemente, otra puerta giratoria de regreso a la calle.
La alternativa propuesta se llama Basecamps: entornos estructurados y libres de drogas, con reglas claras, tratamiento, formación laboral, capillas, comedores y rutas hacia el empleo. El modelo replica la disciplina y el sentido de comunidad que hizo funcionar al propio veterano dentro de las fuerzas armadas. El costo, según el autor, sería una fracción de los programas fallidos actualmente en operación.
Que no te lo cuenten. El aparato burocrático californiano no tiene incentivos para resolver el problema: los tiene para administrarlo. Cada cama construida, cada contrato con una ONG, cada programa de «Housing First» es un flujo de dinero de los contribuyentes que se perpetúa precisamente porque los resultados nunca llegan. El sistema premia la gestión del desastre, no su fin.
Lo que está en juego es un principio básico: si una nación puede planificar con rigor milimétrico una misión permanente a la Luna, puede ciertamente diseñar un sistema que devuelva dignidad y propósito a quienes arriesgaron su vida por ella. La pregunta no es si es posible. La pregunta es si hay voluntad política para dejar de financiar el fracaso.



