Los conductores de California ya pagaban los precios de gasolina más altos del país. Ahora la situación empeora.
El promedio estatal trepó a $5.59 el galón, 17 centavos más que la semana pasada, según AAA y el Oil Price Information Service. En el condado de Los Ángeles, el precio subió por décimo día consecutivo hasta $5.645, un alza de 24 centavos en diez días. San Francisco registra $5.76; Oakland, $5.58; San José, $5.57.
Los precios son $1.165 más altos que hace un año exacto.
El contexto global explica parte del alza. Irán cerró el Estrecho de Ormuz —ruta que antes del conflicto transportaba aproximadamente un quinto del suministro mundial de petróleo— y aunque un alto al fuego temporal entre EE.UU. e Irán permitió un breve repunte de los envíos, los combates renovados han vuelto a congelar el tráfico en el estrecho. Los rebeldes hutíes, por su parte, amenazan la ruta del Mar Rojo que Arabia Saudita usa para exportar la mayor parte de su crudo. Ataques de drones ucranianos han reducido la capacidad de refinación rusa, y Moscú prohibió este mes las exportaciones de diésel.
El resultado: los futuros mayoristas de diésel en EE.UU. subieron 26% en el mes, y el margen de ganancia de las refinerías por convertir crudo en gasolina y diésel alcanzó un récord histórico.
Las refinerías estadounidenses operan al 96% de su capacidad, con plantas en el Medio Oeste y las Montañas Rocosas al 100%, según la Administración de Información Energética. «Estamos intentando cubrir el déficit funcionando a tope, pero eso significa que cuando una refinería falle, será muy grave», advirtió Joe DeLaura, estratega energético senior de Rabobank, al Financial Times.
El colchón de emergencia también se agota. Washington ya liberó cerca del 77% de los 172 millones de barriles que comprometió en marzo de la Reserva Estratégica de Petróleo. La reserva, almacenada en cavernas de sal en Texas y Louisiana, ha caído a 311 millones de barriles, su nivel más bajo desde 1983. Los analistas estiman que el mínimo operativo está entre 180 y 200 millones de barriles; por debajo de ese umbral, nuevas extracciones podrían dañar infraestructura y alterar operaciones de oleoductos. Los inventarios comerciales en el hub de Cushing, Oklahoma, rondan los 20 millones de barriles, cerca de sus mínimos operativos. «¿Dónde está la flexibilidad para reaccionar ante nuevas escaladas?», preguntó Sean Vale, analista de Rystad Energy, al Financial Times.
California parte, además, desde una base estructuralmente más cara: impuestos estatales y regulaciones ambientales crean una «prima californiana» que mantiene los precios en el surtidor más de $1.50 por galón por encima del promedio nacional.
Que no te lo cuenten. Mientras el aparato regulatorio de Sacramento acumula capas de impuestos verdes y restricciones ambientales que encarecen cada litro de combustible, el contribuyente californiano paga hoy la factura más alta del país —y lo hace con reservas estratégicas federales en mínimos históricos y refinerías sin margen de maniobra. Cada nueva perturbación global golpea a California con efecto amplificado, precisamente porque la burocracia estatal decidió que el precio de la energía era una palanca ideológica. El mercado, tarde o temprano, presenta la cuenta.



