El alivio duró poco. Después de semanas de caída en los precios, los conductores del sur de California volvieron a sentir el golpe esta semana: en el área de Los Ángeles-Long Beach, el galón de gasolina regular pasó de $5.38 el miércoles a $5.40 el jueves, según AAA. En Orange County, el salto fue de $5.26 a $5.29 en el mismo período.
Hace apenas un mes, los angelinos pagaban $5.88 el galón. Un año atrás, el promedio era $4.55 en Los Ángeles y $4.49 en Orange County. El contraste con el resto del país es brutal: el promedio nacional se ubica en $3.85 el galón.
El timing no es casualidad. El 1 de julio entró en vigor el aumento automático anual del impuesto estatal a la gasolina, que subió de 61.2 centavos a 63.4 centavos por galón, el más alto de la nación. El mecanismo viene del SB 1, la ley firmada en 2017 por el entonces gobernador Jerry Brown, que indexa el impuesto a la inflación cada julio. La misma ley aumentó el impuesto base 12 centavos, elevó los impuestos al diésel y subió las tarifas de registro vehicular. Todo, según Sacramento, destinado a carreteras y transporte.
El problema es que ese dinero no se ve en el asfalto. California ocupa el puesto 49 de 50 estados en desempeño de autopistas, según el 29° Informe Anual de Carreteras de la Reason Foundation publicado en marzo. Solo Alaska queda por debajo.
Y eso es solo el impuesto a la gasolina. Sumando impuestos a las ventas y las llamadas «tarifas climáticas», la carga fiscal total sobre cada galón llega a un estimado de $1.20, según la fuente. El gobernador Gavin Newsom y la Legislatura tienen la facultad de detener los aumentos automáticos en cualquier momento aprobando nueva legislación. No lo han hecho.
Aquí está la hipocresía en su estado más puro: el aparato estatal de Sacramento cobra impuesto tras impuesto bajo la promesa de infraestructura y «clima», pero entrega carreteras que avergüenzan al estado más rico de la Unión. El contribuyente californiano financia una burocracia que no rinde cuentas y que, cada julio, mete la mano al bolsillo con la puntualidad de un reloj. Que no te lo cuenten: mientras Newsom viaja promoviendo su marca política nacional, los conductores de Los Ángeles pagan $1.55 más por galón que el promedio del país. El relato verde tiene precio, y lo pagan ellos.



