No es mala suerte. Es política pública.
El precio promedio de la gasolina regular en California llegó esta semana a $5.64 por galón, un incremento de 10 centavos en solo siete días, según datos de la Asociación Americana del Automóvil (AAA). San Francisco ya marca $5.83, casi 20 centavos más que hace un mes. Los Ángeles no se queda atrás: $5.70, con un salto de 24 centavos en el mismo período.
El detonante inmediato es externo: las tensiones renovadas entre Estados Unidos e Irán han vuelto a congelar el tráfico de petróleo por el Estrecho de Ormuz. Aunque un alto al fuego temporal había permitido cierta normalización de los envíos, los combates reanudados bloquearon de nuevo esa arteria crítica del suministro global. A eso se suman los ataques con drones ucranianos que han reducido la capacidad de refinación rusa, y la decisión de Moscú de prohibir las exportaciones de diésel este mes, según la misma fuente.
«La volatilidad en el Estrecho de Ormuz y la inestabilidad regional han empujado el precio del crudo hacia el rango de los $90 por barril y podrían seguir elevando los costos durante la segunda mitad del verano», advirtió la AAA.
Pero el problema de fondo no es Irán ni Rusia. Es Sacramento.
Los expertos en combustibles consultados por el New York Post señalan que los impuestos estatales y las regulaciones ambientales de California han creado una «prima californiana» estructural que mantiene los precios en la bomba más de $1.50 por galón por encima del promedio nacional. Eso significa que cada nueva perturbación global golpea a los automovilistas californianos con fuerza desproporcionada: parten de una base ya encarecida artificialmente por la burocracia estatal.
Las zonas rurales del estado registran los mayores incrementos, aunque los datos del artículo no desglosan los condados específicos afectados más allá de las cifras metropolitanas.
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Que no te lo cuenten: California es el laboratorio más caro del progresismo energético, y sus conductores pagan la factura cada vez que el mundo se mueve. El «impuesto verde» no protege el medio ambiente global — el crudo sigue fluyendo, solo que hacia otros mercados — pero sí vacía la billetera del trabajador que llena el tanque para ir a su empleo.
Cada centavo de «prima californiana» es una transferencia forzosa del ciudadano común hacia el aparato regulatorio del estado. Mientras los funcionarios de Sacramento celebran sus metas climáticas en conferencias con vuelo pagado, el mecánico de Fresno decide si llena el tanque o paga la renta. Esa es la doble vara que el relato oficial prefiere no contar.



