Un sacerdote católico fue a un hospital canadiense con una cadera fracturada. Salió con dos ofertas de muerte.
El padre Larry Holland, durante su recuperación, recibió la propuesta del programa de eutanasia estatal MAiD. Primero se la planteó un médico. Después, una enfermera. Ambos sabían que Holland era sacerdote. Ambos sabían, por tanto, que la Iglesia Católica rechaza la eutanasia sin excepciones.
El médico le explicó que solo quería asegurarse de que Holland conocía «los diferentes servicios a los que tenía acceso», según reportó The B.C. Catholic. Holland respondió que se oponía moralmente. No importó. La enfermera lo intentó de nuevo.
«Es una falsa compasión, realmente», dijo Holland.
Vancouver Coastal Health respondió que los profesionales de salud pueden hablar del programa MAiD «según su criterio clínico». Eso es todo. Sin disculpa. Sin protocolo revisado.
El caso no es aislado. El año pasado, Miriam Lancaster llegó a urgencias con dolor severo. Le ofrecieron MAiD antes de identificar qué le pasaba. Tenía una fractura pélvica tratable. Se recuperó por completo. Christine Gauthier, veterana discapacitada de 52 años, pidió una rampa para su silla de ruedas. Veterans Affairs le ofreció un kit de eutanasia. Roger Foley, con una condición neurológica, recibió la misma «solución» mientras peleaba por acceder a cuidados de largo plazo.
El programa MAiD arrancó en 2016. Solo aplicaba a personas con muerte natural «razonablemente previsible». Desde entonces no ha parado de expandirse. Las cifras oficiales del gobierno canadiense registran cerca de 100.000 muertes asistidas acumuladas.
Ahora grupos de presión piden incluir a menores desde los 12 años. La organización «Dying With Dignity Canada» recomienda esa edad mínima. Va más lejos: propone que jóvenes de 16 y 17 años puedan ser eutanasiados sin consentimiento parental si cumplen «criterios amplios».
Un informe interno del gobierno de Columbia Británica detectó 2.807 casos que requerían seguimiento y 353 preocupaciones de cumplimiento normativo solo en 2024. No hay información pública sobre cuántos derivaron en sanciones.
El psiquiatra Aaron Kheriaty, director del Ethics and Public Policy Center, lo resumió con precisión: «Una vez que cruzas la línea de permitir que los médicos maten pacientes, es muy difícil argumentar que debe haber límites».
Eso es exactamente lo que está pasando en Canadá. El aparato estatal convirtió la muerte en un servicio de salud estándar. Se ofrece a veteranos que piden rampas. Se ofrece a pacientes que aún no tienen diagnóstico. Se ofrece a sacerdotes que llegaron con una cadera rota. El Estado no pregunta si quieres vivir. Asume que quizás no. Y lo llama compasión.
Cuando una burocracia sanitaria normaliza ofrecer la muerte antes de agotar el tratamiento, no estamos ante un error de protocolo. Estamos ante una cultura institucional que ha dejado de considerar la vida como el bien que debe proteger. Que no te lo cuenten.



