La senadora española Cayetana Álvarez de Toledo salió a defender lo que muchos en Washington parecen no querer escuchar. María Corina Machado debe regresar a Venezuela. No es un gesto simbólico. Es la única vía viable para encauzar el descontento popular de forma pacífica.
Álvarez de Toledo fue directa. «A Trump le conviene la presencia de María Corina porque es quien puede encauzar la indignación ante la devastación producida en su país para un proceso de reconstrucción.» El argumento no es sentimental. Es pragmático. Y apela al propio lenguaje del presidente estadounidense.
La parlamentaria fue más lejos. Señaló que el propio Trump jamás aceptaría que «tres o cuatro criminales, represores y torturadores» le vetaran la entrada a su país en una situación de extrema urgencia nacional. La pregunta queda en el aire: ¿por qué debería aceptarlo Machado?
El razonamiento de Álvarez de Toledo tiene dos patas. Primera: impedir el regreso de la líder opositora es un error moral. Segunda: también es un fallo de eficacia política. Ambas cosas a la vez. No hace falta elegir.
La senadora advirtió además sobre el riesgo de postergar la transición democrática en beneficio de acuerdos comerciales. Ese camino, dijo, solo consolidaría una cleptocracia. Una cleptocracia que, por cierto, es contraria a los intereses de la seguridad regional.
El mensaje a Washington es claro. Alinearse con la legitimidad de Machado no es idealismo. Es interés estratégico.
Que no te lo cuenten. El relato de que hay que «gestionar» a Maduro para obtener petróleo barato tiene un coste. Ese coste lo pagan los venezolanos con represión y los contribuyentes de la región con inestabilidad crónica. Álvarez de Toledo lo nombra sin rodeos: cleptocracia. Eso es lo que se protege cuando se bloquea el regreso de la única figura capaz de articular una transición pacífica.
El libre mercado, el estado de derecho y la seguridad regional no se negocian en cuotas con regímenes que torturan a su propia gente. O se defienden, o se ceden. No hay término medio.



