El Museo de Ciencia e Industria de Chicago, también conocido como Kenneth C. Griffin Museum of Science and Industry desde que el multimillonario lo adquirió en 2024, presentó una renovación de $22 millones.
El plan incluye un césped de aspecto futurista, un pabellón de vidrio y un nuevo acceso principal para visitantes. También agrega una cafetería accesible para quienes no compren boleto y una entrada para sillas de ruedas, según la presidenta y directora ejecutiva del museo, Chevy Humphrey.
El museo sostiene que estos cambios buscan «crear más oportunidades para que el público experimente el museo gratis o a un costo reducido». El Departamento de Planificación y Desarrollo de Chicago afirmó que el rediseño «preservará detalles arquitectónicos históricos».
La autora del texto rechaza esa promesa. Dice que la renovación «obstruirá la hermosa fachada» del edificio y alterará de forma permanente un museo que ha conocido durante más de un siglo. También compara el nuevo diseño con la arquitectura neoclásica del inmueble, diseñado por Charles Atwood para la Exposición Mundial Colombina de 1893.
Humphrey enmarca la obra en la «accesibilidad». Pero la crítica de fondo es otra: no todo lo que se vende como apertura al público mejora lo que toca. El punto incómodo es que el aparato cultural de hoy parece dispuesto a gastar dinero en símbolos contemporáneos mientras relega la belleza, la memoria y la continuidad histórica.
Que no te lo cuenten. El caso de Chicago deja una lección que la burocracia cultural suele ignorar: abrir puertas no exige borrar identidad. Si una institución necesita $22 millones para acercarse al público, la pregunta no es solo quién entra, sino qué se destruye en el camino.
Otra vez la doble vara: se habla de inclusión, pero el costo lo paga el patrimonio. Y cuando el resultado es una caja de vidrio plantada sobre un monumento, el relato de la «modernización» suena menos a progreso y más a licencia para intervenir lo que ya funcionaba.


