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Clinton confesó ante el gran jurado: diez encuentros sexuales, sexo telefónico y una pasante de 22 años en la Casa Blanca

El 17 de agosto de 1998, el presidente más poderoso del mundo admitió lo que había negado durante meses. El escándalo que definió una era y que el establishment demócrata preferiría olvidar.
Imagen ilustrativa
lunes 17 de agosto de 2026

Bill Clinton testificó ante un gran jurado el 17 de agosto de 1998 y admitió lo que había negado con vehemencia frente a las cámaras del mundo entero. Confirmó que había tenido una relación con Mónica Lewinsky, la pasante de 22 años que trabajaba en la Casa Blanca.

«Efectivamente, tuve una relación con la señorita Lewinsky que no fue apropiada», declaró Clinton. «De hecho, estuvo mal. Constituyó un grave error de juicio y un fracaso personal del que soy única y completamente responsable».

Esa misma noche habló por televisión ante la nación. La admisión llegó más de siete meses después de haberla negado en público. El hecho se transformó en el escándalo político de 1998.

Lewinsky tenía 21 años cuando llegó a Washington en junio de 1995 para hacer una pasantía no remunerada en la oficina del jefe de gabinete Leon Panetta. Él tenía 49. La diferencia de edad era de 27 años. Según su propio testimonio ante el jurado, nunca esperó enamorarse del presidente: «Me sorprendió haberlo hecho», declaró.

La relación se extendió hasta 1997 e incluyó, según el testimonio de Lewinsky, diez encuentros sexuales: ocho mientras ella trabajaba en la Casa Blanca y dos después de que la transfirieran al Pentágono. La mayoría ocurrió en el pasillo sin ventanas contiguo al despacho privado de la Oficina Oval. Además, Lewinsky declaró que tuvieron entre diez y quince episodios de sexo telefónico.

El miedo a ser descubiertos era constante. Lewinsky declaró que nunca se desnudaron por completo, que controlaban el volumen de sus voces y que ella llegó a morderse la mano para no hacer ruido. Clinton mantenía la puerta entreabierta para escuchar si alguien se acercaba.

Fue Clinton quien puso fin al vínculo. Le explicó a Lewinsky que desde que cumplió 40 había hecho un esfuerzo deliberado por ser fiel. Lewinsky lloró e intentó convencerlo de que no terminara la relación. Clinton no cedió.

Todo estalló en enero de 1998, cuando los abogados de Paula Jones —quien acusaba a Clinton de acoso sexual por un incidente en un hotel de Arkansas en mayo de 1991— recibieron un dato anónimo sobre Lewinsky. Su amiga Linda Tripp había grabado en secreto más de 20 horas de conversaciones telefónicas en las que Lewinsky detallaba la relación. Esas grabaciones llegaron al fiscal Kenneth Starr, que investigaba el negocio inmobiliario conocido como Whitewater. Años después, Lewinsky señaló que el romance fue una situación de abuso de poder.

Que no te lo cuenten. Este caso no es solo historia: es el retrato perfecto de cómo el poder institucional protege a los suyos mientras destruye a quienes quedan expuestos. Clinton sobrevivió políticamente. Lewinsky cargó con el estigma durante décadas. El aparato demócrata cerró filas entonces y sigue haciéndolo hoy. La doble vara no es un accidente; es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.

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