El National Arts Club de Manhattan tiene historia. Mark Twain, Theodore Roosevelt, Martin Scorsese: todos figuran entre sus miembros célebres. Es una mansión victoriana en Gramercy Park. Y ahora es el escenario de una demanda por discriminación.
Karen Feld es columnista y socialité. Su padre, Irvin Feld, compró el circo Ringling Bros. y Barnum & Bailey en 1967. Los medios lo llamaron «el hombre que salvó el circo». Ella heredó el apellido, no el dinero: cuando su padre murió en 1984, la dejaron fuera del testamento. Pleiteó con su hermano Kenneth. Según los reportes, aceptó menos de un millón de dólares en un acuerdo. Kenneth, cuya fortuna se estima hoy en 2.500 millones de dólares, se quedó con el negocio.
Feld asiste a eventos del club desde hace aproximadamente veinte años. Lleva a sus dos caniches, Mango y Beignet, en una bolsa de viaje. Los perros están registrados como animales de servicio para su PTSD y sus trastornos convulsivos, según la demanda presentada esta semana en la Corte Suprema de Manhattan.
El 19 de mayo, el director de alimentos y bebidas del club la sacó de un evento. Al día siguiente tenía una agenda: un almuerzo del Silurians Press Club, organización de periodistas veteranos en cuya junta directiva ella participa. El mensaje que le llegó fue claro: podía entrar solo si los perros usaban pañales. El club alegó «preocupaciones sanitarias». Feld dice que los perros estaban recién bañados y que la excusa encubre discriminación ilegal por discapacidad.
La ley federal es precisa. La Ley de Estadounidenses con Discapacidades prohíbe exigir equipamiento especial a los animales de servicio. Eso incluye chalecos, arneses y, según la demanda, pañales. Un negocio solo puede retirar al animal si no está adiestrado o si está fuera de control.
El club tiene su versión. En un comunicado, afirma que los perros tuvieron dos accidentes dentro del edificio. «En el primer incidente, los perros ensuciaron propiedad del club, lo cual fue documentado», señala la institución. También reporta «olores nauseabundos consistentes con orina» en espacios privados. El club niega las acusaciones de Feld y dice que defenderá su posición ante la justicia.
Feld también alega represalia. Según la demanda, el club amenaza con impedir que el Silurians Press Club siga celebrando eventos en el edificio mientras dure el litigio. Y habría presiones para sacarla de su puesto en la junta.
La historia tiene todos los ingredientes del teatro de Manhattan: herencia disputada, club exclusivo, perros de diseño y abogados. Pero el fondo es serio. La ADA existe precisamente para que una persona con discapacidad no tenga que negociar su acceso frente al capricho de un director de catering. Si los hechos son como Feld los describe, el club no aplicó una política sanitaria razonable. Aplicó una barrera. Que sea en una mansión victoriana no lo hace más elegante.



