Elbridge Colby, subsecretario de Guerra de Estados Unidos para Asuntos de Política, viajó a Cusco. Allí representó al Departamento de Guerra en la 17ª Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas. Su mensaje fue directo: el hemisferio occidental ya no es zona secundaria para Washington.
Colby lo dijo sin eufemismos. La «negligencia benigna» de las últimas décadas fue, en la práctica, perniciosa. Cientos de miles de estadounidenses murieron por drogas y violencia narcoterrorista. La crisis fronteriza alcanzó niveles históricos. Los regímenes de extrema izquierda —Venezuela, Nicaragua, Bolivia— exportaron su fracaso en forma de migración masiva.
La nueva estrategia tiene nombre propio: el Corolario Trump a la Doctrina Monroe, o «Doctrina Donroe». El texto es preciso. Estados Unidos «protegerá nuestro territorio y nuestro acceso a zonas estratégicas en toda la región» e «impedirá que los adversarios desplieguen fuerzas u otras capacidades amenazantes en nuestro hemisferio». No hay ambigüedad.
Colby aclaró el alcance militar. El Departamento de Guerra no tratará a las redes narcoterroristas «con guante blanco». Las comparó explícitamente con el ISIS y Al Qaeda. Movilizará todos los recursos disponibles, incluidas las Fuerzas Armadas. La Operación Lanza del Sur ya es prueba de ello: acción cinética contra redes narcoterroristas, no como sustituto de otros esfuerzos, sino como refuerzo.
El enfoque, insistió Colby, no es el del martillo que ve clavos en todas partes. Es un esfuerzo integral del gobierno. Las operaciones lideradas por socios regionales son el camino hacia resultados sostenibles. Washington quiere aliados, no vasallos.
Sobre la Doctrina Monroe y su polémica histórica, Colby fue explícito. La interpretación correcta no es subordinación ni explotación. Es empoderar la independencia, la seguridad y la prosperidad de las naciones latinoamericanas y caribeñas. El interés de Estados Unidos, dijo, radica en el éxito de sus vecinos.
Que no te lo cuenten. Durante décadas, el establishment de política exterior trató América Latina como sala de espera. El narcoterrorismo creció. Los regímenes bolivarianos se consolidaron. La frontera colapsó. Ahora Washington llega con doctrina, nombre y recursos militares sobre la mesa. El relato de que «América Latina no le importa a nadie» se cayó solo. Lo que viene es otra conversación: qué socios regionales están dispuestos a alinearse con este enfoque y cuáles preferirán seguir apostando al populismo de izquierda que ya demostró adónde lleva.



