Hay batallas que se pierden antes de empezar. La guerra cultural de la derecha contra The Odyssey, el nuevo film de Christopher Nolan basado en Homero, es una de ellas.
La película recaudó 264 millones de dólares globalmente en su fin de semana de apertura, según los datos disponibles, y la respuesta de críticos y audiencias fue entusiasta. Mientras tanto, creadores de contenido conservadores, canales de YouTube de derecha y hasta Elon Musk habían pasado semanas pronosticando su fracaso y atacando el proyecto sin haberlo visto.
El detonante fue la incorporación del actor trans Elliot Page al reparto. El equipo de Nolan nunca explicó qué papel interpreta Page, lo que generó rumores —desmentidos tardíamente— de que el personaje era Aquiles. Ese dato falso circuló sin freno. También generó ruido el casting de Lupita Nyong'o como Helena de Troya, un personaje históricamente interpretado por actrices blancas. Dos señales reales de las tendencias de representación que dominan Hollywood. Dos argumentos válidos que, sin embargo, se dispararon al vacío.
El problema no fue señalar esos elementos. El problema fue hacerlo sin ver la película.
La podcaster de derecha Bridget Phetasy lo dijo sin anestesia: «Tuviste una crítica de hacer todo político durante una década, y ahora no has visto la película y la estás haciendo política y diciéndole a la gente que no vaya a disfrutar de una buena película». Dura. Y difícil de refutar.
El propio Matt Walsh, del Daily Wire, sí vio el film antes de criticarlo y expuso argumentos concretos sobre el casting y el impacto del personaje de Page. Eso es cultura war con munición real. Andrew Klavan elogió la película con matices. The Critical Drinker mezcló crítica y alabanza con rigor. Esos son los modelos.
Nolan, vale recordarlo, no es el progresista de turno que usa el cine como panfleto. No tiene smartphone. No gritó consignas en su campaña por el Óscar de Oppenheimer. En The Dark Knight Rises metió un guiño escéptico al movimiento Occupy Wall Street. Ese historial merecía al menos la cortesía de esperar al estreno.
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Que no te lo cuenten: la derecha cultural tiene razón en no ceder Hollywood al progresismo institucional. Tiene razón en vigilar los reemplazos de casting, la ideología que se cuela en los guiones, el adoctrinamiento disfrazado de entretenimiento. Esas son batallas que importan.
Pero disparar antes de ver es exactamente lo que se le critica a la izquierda cuando cancela películas por un sinopsis o por el apellido del director. La doble vara no es solo un vicio ajeno. Esta vez, la burocracia del outrage conservador le regaló a Hollywood una narrativa perfecta: «nos atacaron sin razón y arrasamos en taquilla». El relato se cayó solo, y fue la derecha quien lo tiró.



