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Opinión · Análisis

Constructores contra burócratas: el próximo siglo americano se gana en el mercado, no en Washington

En el 250 aniversario de Estados Unidos, dos argumentos contundentes recuerdan que la grandeza americana no la fabricó el gobierno: la fabricaron los que se atrevieron a construir. El relato estatista no tiene respuesta para eso.
Imagen ilustrativa
viernes 3 de julio de 2026

Hay una fecha que no admite relativismo: el 4 de julio de 1776. Ese día, sin electricidad, sin anestesia, sin agua corriente ni fertilizantes sintéticos, un puñado de colonos firmó el documento político más influyente de la historia moderna. No tenían garantías. Tenían una idea.

Doscientos cincuenta años después, la pregunta no es si América puede seguir siendo grande. La pregunta es si va a dejar que la burocracia le corte las piernas antes de que empiece la carrera.

El instinto que lo construyó todo

Larry Kudlow y Stephen Moore, del America First Policy Institute, lo dicen sin rodeos: lo que diferencia el excepcionalismo americano no es la geografía ni la suerte, sino un instinto único: construir. Según sus datos, la economía estadounidense ha crecido a una tasa anual del 3,5% a lo largo de su historia. Ninguna otra nación en la Tierra puede presentar ese registro.

Henry Ford desplazó a los fabricantes de carruajes. Internet liquidó las tiendas de alquiler de videos y los clasificados en papel. Cada revolución destruyó empleos y creó categorías enteras de trabajo que antes no existían. Ese es el patrón. Siempre fue ese el patrón.

Ahora el ciclo se repite con inteligencia artificial, computación cuántica y exploración espacial. La IA ya mapeó la estructura de casi 200 millones de proteínas conocidas y apunta a descubrir nuevos medicamentos. Cohetes reutilizables del tamaño de rascacielos aterrizan solos en sus plataformas de lanzamiento. No es ciencia ficción: es el presente.

Lo que el gobierno no puede hacer

Scott Nolan, ex SpaceX y fundador de General Matter, lo enmarca desde la perspectiva del constructor: en 1776 no había coordinación en tiempo real entre ciudades, cada pueblo mantenía su propia hora según el sol, y Paul Revere avisaba a caballo de que venían los británicos. Desde ahí hasta hoy, cada salto lo dieron personas dispuestas a apostar por algo que podía fallar.

El argumento de Kudlow y Moore es quirúrgico: el gobierno no necesita dirigir a esos constructores. Necesita quitarse del camino, eliminar obstáculos y dejar que quienes hacen prosperar a sus conciudadanos se queden con los frutos de ese riesgo. Gobierno limitado no es abandono; es respeto por la capacidad humana.

La carrera que no admite derrota

El contexto geopolítico no da margen para la complacencia. China también empuja en cada una de estas tecnologías. Los próximos siglos los moldeará o un país fundado en vida, libertad y búsqueda de la felicidad, o un régimen que impone vigilancia, censura y obediencia. Así de simple. Así de urgente.

América no puede defender su libertad en el exterior si se debilita en casa. Y la debilidad, recuerdan estos autores, casi siempre empieza con el estancamiento económico.

El trabajo es dignidad. La innovación es vocación. Y el próximo cuarto de milenio no lo van a construir los comités, los reguladores ni los burócratas del clima.

Lo van a construir los que todavía se atreven a apostar por algo que podría fallar.

Que no te lo cuenten.

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