Que no te lo cuenten.
Cornell University acaba de añadir una prohibición expresa en su reglamento interno: «el procesamiento de animales salvajes/de caza en cocinas comunitarias está estrictamente prohibido». La norma es respuesta directa a un episodio ocurrido en 2025 que se volvió viral: dos estudiantes arrastraron el cadáver de un oso negro hasta la cocina de Ganędagǫ Hall y lo despiezaron ahí mismo.
Uno de los estudiantes, Aaron Chin, se identificó públicamente como uno de los carniceros en un podcast meses después del incidente. Chin explicó que el plan original era llevar el oso —cazado en un terreno ubicado aproximadamente dos horas de la universidad— a casa de un amigo, pero que ese amigo tuvo una emergencia de último minuto. Sin alternativa, optaron por el dormitorio.
Lo más revelador de la historia no es el oso: es lo que Chin dijo en el podcast MeatEater en septiembre. «Fuimos muy diligentes leyendo todas las reglas y regulaciones. Nos aseguramos de hacer todo conforme al reglamento porque sabíamos que estaríamos bajo escrutinio.» Y tenían razón: no había ninguna norma que lo impidiera.
El incidente generó indignación en redes y en el campus, lo que llevó a reguladores estatales a investigar. Un inspector del Departamento de Conservación Ambiental de Nueva York visitó la cocina y, según un reporte de NBC, no encontró ninguna violación al código vigente. Ninguna.
Aun así, la burocracia universitaria hizo lo que mejor sabe hacer: legislar después del hecho, no porque hubiera daño demostrable, sino porque la imagen institucional se vio comprometida ante la presión de las redes.
Esta es la lógica del campus moderno en estado puro. Dos estudiantes que cazaron legalmente, transportaron su presa y leyeron el reglamento con cuidado —precisamente para no infringirlo— terminaron siendo el detonante de una nueva prohibición. No porque hicieran algo ilegal. No porque contaminaran nada. Sino porque la imagen de un oso en una cocina universitaria resultó demasiado incómoda para el relato de lo que debe ser un estudiante modelo.
Libre empresa, responsabilidad individual, aprovechamiento de recursos naturales dentro de la ley: todo eso quedó sepultado bajo una política redactada a toda prisa para callar a Twitter. El aparato administrativo de Cornell no protegió a nadie; solo se protegió a sí mismo.



