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Opinión · Análisis

Cruise se hunde en una sátira climática que convierte el sermón en espectáculo

«Digger» arranca con energía, pero termina ahogada en moralismo y chistes gastados. La película quiere ridiculizar al petróleo, pero acaba predicando contra el público que sostiene ese mismo mundo.
Imagen generada con IA
sábado 3 de octubre de 2026

Tom Cruise vuelve a ponerse al centro de una película que busca chocar de frente con la política y la cultura del momento. En «Digger», dirigida por Alejandro G. Iñárritu, interpreta a Digger Rockwell, un magnate petrolero de Texas que vive en una casa señorial, anda en pijama de seda y botas vaqueras, y se obsesiona con un gato flaco y enfermizo.

La historia arranca cuando uno de sus sitios de perforación en Groenlandia desestabiliza una enorme plataforma de hielo que termina desprendiéndose y avanzando hacia Europa. Desde ahí, la película se abre paso como una sátira ambientalista que toma prestado el tono de «Dr. Strangelove», la clásica comedia negra sobre la destrucción nuclear.

La reseña destaca que, en su primer acto, «Digger» funciona mejor de lo esperado: las actuaciones son enérgicas, el ritmo es tenso y la cámara de Emmanuel Lubezki aporta una rareza visual que le da escala a lo absurdo. Pero después, la cinta se llena de ideas, desvíos y recursos estilísticos hasta perder el impulso cómico.

El crítico sostiene que el gran problema es que Iñárritu toma demasiado en serio su propio blanco satírico. A diferencia de Kubrick, que se burlaba de generales, soviéticos, científicos y burócratas por igual, «Digger» elige a quién quiere que el público desprecie. El resultado, dice, es una película donde aparecen capitalistas villanos, políticos caricaturescos y profetas ambientales cuyas advertencias quedan casi totalmente reivindicadas.

La película también presenta un futuro climático como algo ya decidido. Según la reseña, eso le quita la posibilidad de ser una comedia viva y la convierte en una visión sin alivio, donde todo parece perdido de antemano. Incluso en sus mejores momentos, el mensaje termina aplastando el humor.

Hay, sin embargo, una escena que sí logra algo más interesante. Rockwell comparece ante una especie de tribunal internacional y, en medio de un discurso desbordado, lanza una defensa brutal del petróleo: «Oil is what we have! Oil is what God gave us! Oil is the mother’s milk of Earth!». El pasaje funciona porque deja al descubierto una contradicción que la película apenas roza: quienes condenan al magnate siguen volando, manejando, calefaccionando sus casas y consumiendo plásticos dentro de una economía construida sobre ese mismo recurso.

Ahí está la clave que «Digger» no termina de entender. El petróleo no es solo el capricho de un villano de caricatura; es el combustible de la vida moderna. La sátira falla cuando pretende convertir esa realidad material en una fábula moral para espectadores que dependen exactamente de lo que dicen despreciar.

Otra vez la doble vara. La película quiere denunciar la hipocresía del poder económico, pero termina exhibiendo la hipocresía de una elite cultural que sermonea desde la comodidad que le da esa misma abundancia. Que no te lo cuenten.

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