Una columna de opinión publicada en Daily Wire, firmada bajo la sección «DW Opinion», lanza un titular sin medias tintas: «Lo único que le queda por hacer a las mujeres es, literalmente, salirse con un asesinato».
La autora no se anda con eufemismos. Describe a la «feminista moderna» como alguien «fastidiosa» que «se irrita cada minuto más por sus desgracias imaginarias». Es una tesis, no un reportaje: no hay caso judicial citado, ni nombre propio, ni cifra que la sustente. Es una columna de opinión y así debe leerse.
Lo que sí ofrece la pieza es un recorrido histórico que, según la autora, explica cómo se llegó hasta aquí. Desde el siglo XX, dice, las mujeres estadounidenses «se abrieron paso a zarpazos, unas veces de forma admirable y otras de forma despiadada, en cada rincón de la vida»: el voto, la propiedad, la educación. Luego la igualdad salarial y el divorcio a voluntad. Luego el aborto legal. Luego, en palabras de la columna, convertirse en la «girl boss» de cada oficina. Y finalmente, sostiene, terminar el proceso de acoso y mala conducta masculina «convirtiendo su palabra contra la del sexo opuesto en algo divino e inapelable».
Es una lectura, no una crónica de hechos verificados uno por uno. La fuente no aporta estadísticas de denuncias, ni menciona un tribunal, ni un nombre de víctima o acusado. Es el argumento de una columnista que traza una línea recta —bastante cuestionable en varios de sus tramos— entre el sufragio femenino de hace un siglo y el titular provocador que corona el texto.
¿Por qué importa esto para el lector que no vive en Estados Unidos? Porque la pieza es un síntoma del pulso cultural que atraviesa a la derecha estadounidense en 2024: el hartazgo con un relato que, según sus críticos, convirtió cada conquista legítima —votar, heredar, estudiar— en munición para un victimismo sin fondo. Que el argumento sea exagerado, y en varios tramos injusto con logros reales como el sufragio o la educación, no cambia el dato de fondo: hay un sector amplio del debate público que ya no compra el paquete completo del feminismo institucional, y lo dice sin pedir permiso.
Que no te lo cuenten como un consenso unánime. Es una columna, con su carga de ironía y su dosis de exageración deliberada, publicada en un medio que hace de esa provocación su marca. El relato que denuncia —el de la víctima perpetua— tiene, como todo relato, sus propios excesos. Y esta columna es uno de ellos, en sentido contrario.



