No llegó con privilegios ni con cuotas. Llegó con diez años desde la República Dominicana, se instaló en los proyectos de vivienda pública de Lillian Wald Houses en Avenue D, aprendió el idioma y la cultura, y terminó siendo uno de los oficiales dominicanos de mayor rango en la historia del Departamento de Policía de Nueva York.
Wilson Aramboles, hoy de 60 años y Jefe de Operaciones Especiales del NYPD, no planeaba ser policía. Estudiaba en City College y pensaba en la docencia cuando la realidad lo cambió de golpe: su madre, Gladys Aramboles, fue víctima de un robo a cadena en su propio barrio, Alphabet City. «Eso me cambió», dijo. «Quería devolver algo a la comunidad».
Se unió al NYPD en 1988, contra los deseos iniciales de su madre. Empezó en precinctos del norte de Manhattan, ascendió a Comandante del Precinto 33 en Washington Heights y luego pasó a Narcóticos del Bronx, donde participó en operativos que incluyeron la confiscación de aproximadamente nueve kilos de cocaína. En uno de esos casos, un agente encubierto bajo su mando recibió un disparo. «Fue un caso muy emotivo porque estaba muy cerca del agente encubierto», recordó. El oficial sobrevivió y ya está retirado.
Hoy Aramboles supervisa la Unidad de Servicios de Emergencia, Aviación, Harbor, Montada y el Grupo de Respuesta Estratégica del NYPD. Una carrera de 38 años construida ladrillo a ladrillo.
Cuando llegó al Precinto 33, recuerda haber sido uno de solo cinco policías de origen dominicano. Hoy, el 75% de los oficiales de ese precinto son de la isla. «Estoy orgulloso de mi herencia dominicana», dijo. «Mi cultura me enseñó la importancia de la familia, la fe, la humildad y el trabajo duro. Esos valores me guiaron toda la vida».
Este domingo marchará en el Desfile del Día Dominicano en Manhattan, no como espectador sino como uno de los ejecutivos dominicanos de más alto rango en el NYPD. «Estados Unidos le permitió a un niño de la República Dominicana recibir una educación, construir una carrera significativa y dedicar su vida al servicio público», afirmó.
Que no te lo cuenten. Esta es la historia de integración que la burocracia del «progresismo» sistémico prefiere ignorar porque no encaja en su relato de víctimas permanentes. Aramboles no esperó que el Estado le resolviera la vida: vio una injusticia, tomó una decisión y trabajó durante casi cuatro décadas para estar donde está. El mérito, la fe y la familia como motor. Sin cuotas, sin victimismo, sin excusas. Eso es exactamente lo que el establishment cultural no sabe cómo procesar, y por eso historias como esta rara vez ocupan los titulares que merecen.


