Abelardo De La Espriella se posesionó el viernes 7 de agosto como presidente de Colombia para el período 2026-2030. Antes de recibir la banda presidencial de manos del presidente del Congreso, Honorio Henríquez, el mandatario recorrió las tribunas saludando a senadores y representantes de distintas colectividades.
Uno de los momentos que no pasó desapercibido fue su encuentro con el senador Alfredo Deluque, del Partido de La U. De La Espriella lo llamó cariñosamente el «monstruo de La Guajira», en alusión al departamento de origen del legislador. El gesto, pequeño en forma, dice mucho en fondo: Deluque era el candidato que el nuevo presidente había guiñado para presidir el Congreso.
El plan no salió del todo bien. Deluque fue derrotado por Honorio Henríquez en la votación del 20 de julio, con un resultado de 56 a 45. Henríquez fue quien terminó entregándole la banda presidencial a De La Espriella horas después.
El episodio revela el estilo con el que De La Espriella llega al poder: cercano, transaccional y dispuesto a tejer coaliciones desde el primer minuto. En un Congreso fragmentado, donde ninguna fuerza tiene mayoría propia, esa habilidad para mover piezas no es un detalle anecdótico, es una necesidad de gobernabilidad.
Contrafuego lo lee así: Colombia estrena un presidente que entiende que gobernar no es decretar, sino construir. Frente a cuatro años en los que el aparato estatal se usó para polarizar y confrontar al sector productivo, el nuevo mandatario da señales de pragmatismo político desde el primer acto público. Si esa energía se traduce en reglas claras para la inversión, respeto a la propiedad privada y orden institucional, el país tiene una oportunidad real. El relato del cambio empieza hoy. Que no te lo cuenten.



