El precio del diésel en Estados Unidos superó los 6 dólares por galón por primera vez en la historia, con un promedio nacional de 6.05 dólares, según la Asociación Estadounidense del Automóvil (AAA).
En California, el combustible se acercó a los 8 dólares por galón. El alza llega en un momento de mayor demanda por la temporada de otoño e invierno, cuando el diésel se usa para calefacción, generación de electricidad, agricultura, transporte y construcción.
Bloomberg advirtió que el encarecimiento del diésel puede trasladarse a los consumidores vía alimentos, transporte y obra pública. También subrayó que las tensiones geopolíticas han reducido la capacidad mundial para producir y mover suficientes volúmenes de combustible.
En México, la presidenta Claudia Sheinbaum impulsó un acuerdo con gasolineros para limitar el precio del diésel a 27 pesos por litro. Pero la propia Profeco reconoció que hay estaciones por encima de ese tope: en su informe «Quién es quién en el precio de los combustibles» del 7 de septiembre, reportó una gasolinera en Tlaxcala con el litro en 28.74 pesos.
La comparación entre países también exige una precisión básica: en México el diésel se vende por litro, mientras que en Estados Unidos se comercializa por galón, equivalente a 3.78 litros.
Mientras tanto, en Estados Unidos la gasolina promedio también subió y llegó a 4.29 dólares por galón hasta el jueves 10 de septiembre. Jeff Currie calificó de «extremadamente alta» la probabilidad de que alcance 5 dólares por galón para el día de las elecciones intermedias.
El golpe no es menor. Cuando sube el diésel, sube casi todo lo demás. Esa es la factura real de la energía cara: más costos para transportar mercancías, producir alimentos y calentar hogares. Y cuando el Estado presume acuerdos voluntarios, pero el mercado ya muestra precios por arriba del tope, la doble vara queda expuesta.
Que no te lo cuenten: la energía no perdona discursos. Si el combustible se encarece, paga el consumidor. Si el aparato estatal no logra contener la inflación energética, la burocracia solo administra el daño. Y en año electoral, esa factura también castiga a los gobiernos que creyeron que podían domesticar el mercado con buenas intenciones y anuncios.



