La media nacional del diésel en Estados Unidos alcanzó el jueves un récord de $6.40 por galón, según datos de AAA. La cifra oficial fue de $6.3956, frente a $3.7075 un año antes, lo que representa un alza de casi 73%.
La gasolina tampoco da respiro. AAA reportó un promedio nacional de aproximadamente $4.44 por galón, por encima de los $3.20 de hace un año. Aunque sigue por debajo del récord de $5.0165 registrado en junio de 2022, el nivel actual mantiene la presión sobre los hogares y sobre la economía real.
El aumento del combustible comenzó después de que la guerra con Irán arrancó a comienzos de este año, cuando las interrupciones en el suministro global de petróleo empujaron al alza el crudo. A inicios de febrero, los precios rondaban los 3.68; para mediados de marzo ya habían saltado a $4.80. En las últimas semanas, el repunte se aceleró otra vez por la inestabilidad en el estrecho de Ormuz, las interrupciones al suministro ruso de combustible y los daños a un importante oleoducto saudí.
Trump defendió los precios más altos como un «precio pequeño» frente a la posibilidad de que Irán obtuviera un arma nuclear. En un acto en Carolina del Norte, dijo que era «un precio muy barato por lo que hemos hecho» y aseguró que luego «va a caer en picada». Scott Bessent, secretario del Tesoro, sostuvo en una entrevista que el petróleo podría caer hasta $40 por barril cuando termine la guerra.
El dato político es inevitable: los combustibles caros ya pesan en la factura semanal de millones de familias y amenazan con erosionar apoyo electoral. Un sondeo nacional realizado en junio encontró que cerca de dos tercios de los votantes registrados dicen que el costo del combustible probablemente influirá en su voto en noviembre.
Otra vez la doble vara: cuando sube la gasolina, el contribuyente paga la cuenta mientras la burocracia habla de «contexto geopolítico». Pero el hogar promedio no compra discursos; compra diésel, paga transporte y absorbe el golpe en la canasta básica.
Que no te lo cuenten. Cada centavo extra en el surtidor es una señal más de que la energía barata no nace del relato oficial, sino de estabilidad, suministro y seguridad jurídica. Cuando eso falla, la factura termina siempre en el mismo lugar: el bolsillo de la clase media.



