Han pasado diez años y la memoria colectiva es selectiva. Los que perdieron siguen llorando a Hillary Clinton; los que ganaron ya miraron hacia adelante. Pero el aniversario merece un repaso honesto: la campaña de 2016 fue, con independencia del resultado, un circo de proporciones históricas.
El momento Gary Johnson. El candidato libertario Gary Johnson, exgobernador de Nuevo México, tuvo su cuarto de hora de popularidad hasta que, el 8 de septiembre de 2016, el panelista de «Morning Joe» Mike Barnicle le preguntó qué haría con Aleppo. Johnson no supo qué era Aleppo. Cuando se lo explicaron, ofreció su solución: trabajar con Rusia. Ahí terminó el sueño libertario de 2016.
La convención libertaria y las licencias de conducir. En otra escena del mismo partido, un debate en la convención libertaria descarriló cuando el público preguntó si debería exigirse licencia para conducir. Mientras otros candidatos gritaban «¡De ninguna manera!» y comparaban el carné de conducir con regular el uso del tostador, solo Johnson defendió las licencias. Lo abuchearon.
Carly Fiorina canta. Ted Cruz, en un intento desesperado por salvar su campaña, anunció a Fiorina como su candidata a vicepresidenta. Lo poco que le quedaba de oxígeno político se evaporó cuando Fiorina decidió cantar en el mitin del anuncio. Sin más.
El Guaca Bowle de Jeb. Jeb Bush ya cargaba con el «please clap» y el mote de «low energy» que le puso Trump. Pero hubo algo más: por 75 dólares, su campaña vendía un cuenco de piedra sin marca para hacer guacamole. «Jeb y Columba adoran preparar guacamole los domingos», rezaba la descripción. La receta secreta no estaba incluida.
Jim Webb mató a un tipo en Vietnam. El senador demócrata por Virginia Jim Webb —secretario de la Marina bajo Reagan— participó en las primarias demócratas de 2016 con un perfil que hoy resultaría impensable en ese partido: criticó el Obamacare y dijo «all lives matter». En el debate de la CNN, Anderson Cooper preguntó a los candidatos de qué enemigo estaban más orgullosos. Webb respondió sin pestañear: «El soldado enemigo que me lanzó la granada que me hirió, pero ya no está aquí para hablar de ello». No es sátira. Está en el registro del debate.
Martin O'Malley toca la guitarra. O'Malley, que obtuvo menos del uno por ciento en el caucus de Iowa y años después fue señalado por corrupción al frente de la Administración del Seguro Social bajo Biden —según la fuente—, también tocaba la guitarra. Nadie lo recuerda de todas formas.
El SNL que todavía sabía reírse. El primer sketch de Alec Baldwin como Trump en el Saturday Night Live fue exagerado pero genuinamente gracioso, y lo más llamativo es que también se burlaban de Hillary: de su frialdad, su arrogancia y sus intentos forzados de ser simpática. Un mes después, Kate McKinnon cantaba «Hallelujah» de Leonard Cohen en el cold open menos gracioso de la historia del programa. Desde entonces, la cadena no ha vuelto a reírse de su candidato favorito.
Que no te lo cuenten. La campaña de 2016 no fue solo Trump contra Clinton; fue el colapso simultáneo de varios relatos: el del establishment republicano, el del Partido Demócrata como coalición coherente y el de una prensa que ya entonces confundía el deseo con el análisis. El espectáculo fue real. Las consecuencias, también.



