El relato del repliegue estadounidense en América Latina no aguanta los números. Un informe del Atlantic Council, elaborado entre otros por el economista y exministro mexicano de Hacienda José Antonio González Anaya, concluye que Estados Unidos sigue siendo el mayor inversor extranjero en la región «en todos los indicadores relevantes».
Los datos son contundentes. La inversión extranjera directa estadounidense en proyectos greenfield —nueva creación de capital desde cero— promedia unos 28.700 millones de dólares anuales en sectores como energía, infraestructura digital, manufactura y servicios. China, en comparación, pasó de menos de 1.500 millones anuales en la primera década del siglo a 13.100 millones en 2024. Lejos todavía, pero la trayectoria importa.
Y la calidad también. Según el estudio, la IED greenfield estadounidense genera un 65% más de empleos por cada 1.000 millones de dólares que la inversión china, y un 22% más que la europea. El capital más productivo en términos de empleo disponible para la región, en palabras del propio informe.
Sin embargo, hay una grieta que no conviene ignorar. Desde 2020, aproximadamente el 70% de la inversión norteamericana se ha concentrado en México, Brasil y Guyana. Socios estratégicos como las naciones centroamericanas, Argentina, Chile y Perú siguen «poco atendidos», advierte el documento.
El punto más crítico está en los minerales. La inversión estadounidense en nuevos proyectos mineros apenas promedia 200 millones de dólares anuales, mientras que China invierte veinte veces más en ese sector en una región que alberga algunas de las mayores reservas mundiales de litio, cobre y níquel. Pekín ha triplicado su IED greenfield desde 2020 y está ganando terreno en manufactura automotriz, infraestructura logística y minería.
El informe señala que la estrategia de seguridad nacional de la administración Trump identifica la asociación económica regional entre sus prioridades estratégicas, y propone que redirigir capital privado e instrumentos de financiación pública hacia esas reservas reforzaría simultáneamente las cadenas de suministro internas y los lazos comerciales con aliados clave. Costa Rica aparece como modelo: una política deliberada de atracción de inversión extranjera le ha permitido alcanzar una intensidad inversora «que rivaliza con la de economías mucho mayores».
La lectura de Contrafuego es esta: el libre mercado y el capital privado estadounidense están haciendo su trabajo. El problema no es el sector privado —que ya avanza, según el propio Atlantic Council—; el problema es la burocracia y la falta de instrumentos públicos que acompañen esa expansión donde más se necesita. Mientras Washington delibera, Pekín actúa. América Latina tiene litio, cobre y níquel en cantidades que el mundo necesita. La pregunta no es si alguien va a invertir en eso. La pregunta es quién llegará primero a poner las condiciones. Que no te lo cuenten.



