La economía de Estados Unidos destruyó 23.000 puestos de trabajo no agrícolas en julio, según el informe publicado por el Departamento de Trabajo. El consenso del mercado esperaba un mes de creación neta de empleo. No ocurrió.
El golpe no vino solo. Las revisiones a los meses anteriores empeoran el cuadro: el empleo de mayo quedó en 63.000 nuevos puestos, frente a los 129.000 anunciados originalmente. El de junio cayó a 20.000, lejos de los 57.000 estimados. En total, el empleo combinado de mayo y junio resultó 103.000 puestos inferior al reportado antes.
Dentro del detalle de julio, el sector más golpeado fue la educación pública local, con una caída de 50.000 puestos. El comercio minorista perdió 19.000 empleos y las actividades financieras destruyeron otros 14.000, continuando una tendencia a la baja. El sector sanitario fue la única nota positiva, con 22.000 empleos ganados, aunque a un ritmo más lento que en meses anteriores.
La tasa de paro bajó una décima, hasta el 4,1%, y el número de desempleados se redujo a 6,9 millones, un descenso mensual de 178.000 personas. El salario promedio por hora en el sector privado no agrícola se situó en 37,62 dólares, un 3,2% más que un año antes.
Los titulares del desempleo pueden parecer alentadores. Pero cuando el número de parados baja al mismo tiempo que se destruyen empleos netos, la aritmética obliga a preguntar cuánta gente simplemente dejó de buscar trabajo y salió de la estadística.
Lo que estos datos revelan es la fragilidad de un mercado laboral que venía siendo presentado como blindado. Las revisiones sistemáticas a la baja son, en sí mismas, una señal de alarma: los números buenos se anuncian, los malos se corrigen en silencio semanas después. El contribuyente americano merece una lectura honesta del ciclo, no titulares de campaña. El relato se cayó solo.



