El gobierno de Gustavo Petro agoniza. Su discurso de despedida ante el Congreso quedó marcado por imprecisiones sobre exportaciones de carros eléctricos y la seguridad de la oposición. No es un cierre digno. Es la imagen exacta de lo que fue.
Pero la verdadera pelea está en otro lado.
El uribismo y el movimiento de Abelardo de la Espriella se fracturaron. La grieta se abrió con la elección de Honorio Enríquez en la presidencia del Senado. Enríquez llegó ahí mediante una alianza inusual: pactó con el Pacto Histórico. El objetivo era uno solo: frenar a Alfredo de Luque, el candidato del gobierno entrante.
Lea bien eso. El movimiento que llega al poder negoció con el petrismo para bloquear a un aliado del propio presidente electo. Eso no es un accidente táctico. Es una señal política deliberada.
De la Espriella construye lo que sus cercanos llaman el «Abelardy». Un movimiento de corte outsider. Inspirado, según el análisis de Mesa Central, en el modelo MAGA. Su estrategia es clara: captar las bases regionales del Centro Democrático. Usar una red propia de influenciadores. Desplazar al uribismo como referente de la derecha colombiana.
No pide permiso. Avanza.
El 20 de julio lo demostró. La conmemoración no fue en Bogotá. Fue en el Túnel del Toyo. Un símbolo de obra, de región, de autonomía. Allí De la Espriella ratificó su compromiso con la descentralización. Anunció que Procolombia se trasladaría a Medellín. Presentó nuevos nombres de su gabinete.
Cada movimiento apunta en la misma dirección: el poder real no estará en la capital. Estará en las regiones. Y quien controle las regiones, controla el país.
Desde Contrafuego leemos esto con atención. La fractura entre abelardismo y uribismo no es un drama interno sin consecuencias. Es la disputa por definir qué significa ser de derecha en Colombia después del petrismo. El uribismo fue el dique. El abelardismo quiere ser la corriente nueva.
Lo que está en juego es concreto: quién define la agenda de seguridad, quién defiende la inversión privada, quién garantiza el estado de derecho que Petro desmanteló. De la Espriella apostó por el outsider, por la región, por la ruptura. Puede funcionar. También puede fragmentar el único bloque capaz de gobernar con orden. Que no te lo cuenten.



