El acuerdo que la administración Trump presentaba como un avance diplomático duró lo que dura la palabra del régimen iraní: poco.
El martes, Irán atacó tres buques comerciales en el Estrecho de Ormuz, violando el cese al fuego pactado en el memorando de entendimiento que buscaba reducir hostilidades mientras se negociaba el programa nuclear iraní y el libre tránsito por la vía marítima. La respuesta llegó de inmediato.
El Comando Central de Estados Unidos confirmó que las fuerzas americanas lanzaron una nueva ronda de ataques contra Irán, impactando más de 80 objetivos iraníes: sistemas de defensa aérea, centros de mando y control, instalaciones de radar, instalaciones de misiles y más de 60 embarcaciones del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) operando en el estrecho y sus alrededores, según Reuters.
Teherán no se quedó quieto. Irán atacó instalaciones militares estadounidenses en Baréin y Kuwait. En Baréin, los objetivos reportados incluyeron instalaciones asociadas con la Quinta Flota de la Marina de EEUU. Kuwait reportó dos misiles balísticos y 13 drones en su espacio aéreo. El CGRI afirmó, según AFP citando al canal estatal iraní IRIB, haber golpeado 85 instalaciones militares estadounidenses en el Golfo.
Mientras tanto, las negociaciones ya estaban suspendidas durante los seis días de funerales del ayatolá Ali Jamenei, concluidos el jueves con su entierro en Mashhad. En las ceremonias, multitudes corearon «Muerte a América», pidieron venganza contra Estados Unidos e Israel y lanzaron consignas violentas contra el presidente Trump.
Desde la cumbre de la OTAN en Ankara, Trump endureció su tono: advirtió que EEUU «probablemente» volvería a atacar esa misma noche del miércoles, y así fue. Una segunda ronda de ataques se extendió hasta el jueves. Trump llamó a los líderes iraníes «escoria» y «gente enferma», y argumentó que si Irán obtuviera un arma nuclear, la usaría. También planteó la posibilidad de restablecer un bloqueo exclusivo contra Irán, advirtiendo que Teherán podría responder minando el Estrecho de Ormuz.
El relato se cayó solo. El régimen iraní firmó un memorando, lo violó en días y luego atacó bases aliadas en dos países soberanos. No es una negociación fallida por malentendidos diplomáticos: es el patrón de conducta de una teocracia que utiliza cada pausa en las hostilidades para rearmarse y reposicionarse.
Lo que está en juego no es solo el Estrecho de Ormuz, aunque ese corredor concentra una porción decisiva del comercio energético global. Es la credibilidad de cualquier acuerdo con un régimen que chanta «Muerte a América» mientras sus diplomáticos estrechan manos. Que no te lo cuenten.



