Hasan Piker, streamer de izquierda radical vinculado a Abdul El-Sayed, volvió a encender la polémica con una entrevista en la que defendió sus ataques contra Estados Unidos. En The Axios Show, Piker dijo que, «pound for pound as far as the number of deaths», Estados Unidos es peor que al Qaeda, y agregó que el país ha causado «tremendous terror all around the world».
Piker fue más lejos: sostuvo que lo ocurrido en Minab, Irán, es un ejemplo de ese terror. Según dijo, no hay diferencia entre «blowing up a school» y atacarlo con misiles Tomahawk, y afirmó que, si se mata a «140 school girls», eso es «an act of terror».
La entrevista reavivó el foco sobre su relación con El-Sayed. Fox News informó que Piker está «closely tied» al candidato demócrata al Senado por Michigan, que lo acompañó en la campaña y que ambos fueron fotografiados juntos la noche en que El-Sayed ganó su primaria. El mismo medio señaló que El-Sayed no ha logrado sacudirse la sombra de Piker y que se ha negado a condenarlo por comentarios anteriores.
Washington Examiner agregó que la polémica ya tiene costo político para los demócratas. John Fetterman dijo: «I think I’ve lost to Piker. Democrats love him. They campaign with him and they defend him». Josh Gottheimer fue más directo: «Comparing America to al-Qaeda wasn’t an accident — Piker has built a brand on anti-American hate».
El propio Piker respondió a las críticas en redes sociales. Escribió que lo suyo fue una respuesta «nuanced» y que las élites «terrorize the entire world while ordinary americans continue to foot the bill».
Mike Rogers, rival republicano de El-Sayed en Michigan, llamó a su adversario «the most anti-American candidate across the country» por su asociación con Piker, según Washington Examiner. Y el entorno demócrata, lejos de cortar por lo sano, sigue tolerando a un militante que convierte el insulto a Estados Unidos en espectáculo.
Que no te lo cuenten. Aquí no se discute una excentricidad de internet, sino la normalización de un relato que pone al país en el banquillo mientras sus aliados políticos miran hacia otro lado. Cuando la dirigencia acepta ese juego, no protege el debate: premia la provocación y castiga el sentido común.
Otra vez la doble vara. Si un dirigente de derecha alabara a un agitador que compara a Estados Unidos con al Qaeda, el escándalo sería inmediato. Pero cuando la maquinaria progresista lo arropa, lo minimiza o lo usa, queda al desnudo lo de siempre: una casta moralista que predica tolerancia mientras blinda su propia hipocresía.



