Para progresistas y conservadores, Lindsay Clancy ya no es solo una persona. Se volvió un símbolo. Y ahí está el problema.
Quienes la presentan como una victoria para «todas las mujeres» mezclan convicción con poder político. Quienes, desde la derecha, ven una farsa total terminan desviando su enojo hacia el sistema de justicia penal, en especial contra la defensa por insanía y el jurado.
La postura que se defiende aquí es otra: la culpa no es del mecanismo legal, sino de la forma en que la política de identidad empuja a tratar la culpabilidad de Clancy como una cuestión de derechos de las mujeres, y no como una prueba sobre si realmente perdió la razón.
Eso importa. Porque la defensa por insanía no es un invento blando de la era moderna. El Talmud del siglo III decía que, cuando los locos «hieren a otros, quedan exentos». El common law británico trató la «locura» como defensa completa desde el siglo XIV. Y Estados Unidos siguió esa tradición desde antes de la fundación.
Tampoco es una llave mágica para salir libre. Cuando prospera, la consecuencia típica es el internamiento involuntario en un hospital mental, que puede durar más que la pena del delito original.
Y no es una trampa fácil de fingir. El estadounidense promedio cree que 1 en 6 acusados sale absuelto por insanía. En realidad, la cifra se acerca más a 1 en 400.
El mismo marco jurídico exige algo elemental: un acto malo y una mente mala. La nota recuerda que, en el derecho estadounidense, la combinación de actus reus y mens rea sigue siendo la base del delito. Sin esa voluntad viciosa, no hay crimen en sentido pleno.
En el caso de los jurados, el argumento también es claro. No son el problema. Son una pieza central de la herencia legal de Occidente. Y fueron, además, uno de los principales frenos populares frente al poder del Estado. Cuando el poder público tocaba la vida, la libertad o la propiedad de una persona, no bastaba la decisión de un funcionario. Tenía que intervenir un grupo de ciudadanos privados.
La derecha tiene razón en indignarse cuando percibe manipulación cultural. Pero otra vez la doble vara lleva a apuntar al blanco equivocado. Si ese enojo termina por destruir la defensa por insanía o el juicio por jurados, el costo no lo pagará la casta judicial. Lo pagará la libertad de todos.
Que no te lo cuenten. El relato se cayó solo: no todo caso difícil prueba una falla moral del sistema. A veces prueba, más bien, que la política quiso colonizar la justicia.
Y ahí está la advertencia de fondo. Cuando la indignación sustituye al derecho, gana la burocracia emocional y pierde el orden legal. Defender instituciones imperfectas no es ingenuidad. Es entender que sin principios, la justicia queda a merced del momento político.


