El Congreso de Estados Unidos vota esta semana la «AM Radio For Every Vehicle Act». La ley exigiría que todo auto nuevo vendido en el país incluya antena AM. Ya suma más de 300 copatrocinadores en la Cámara y 60 en el Senado.
El argumento oficial es simple. Las alertas de emergencia —esas que empiezan con el pitido agudo— dependen de la señal AM. Si un ciberataque tumba las redes digitales, la radio sigue funcionando. Es, según sus impulsores, un plan B ante apagones cibernéticos.
El columnista David Marcus, en Fox News, va más allá. Para él, la ley no solo salva vidas. También salva algo que, dice, escasea en la era digital: el discurso civil.
Marcus pone como ejemplo la emisora WFMD, en Frederick, Maryland, que en 2026 cumple 90 años al aire. Ahí transmite «Mid-Maryland Live», un programa de tres horas conducido por Tim May, conservador, y Frank Mitchell, liberal. Según Marcus, ese formato de llamadas produce «la visión más equilibrada» posible de la actualidad, casi sin gritos.
Hay otro dato que conecta con esta pelea. El presidente de la FCC, Brendan Carr, dijo en el pódcast «Pod Force One» que la administración Trump busca «rebalancear» los medios. La estrategia: alentar a las radiodifusoras locales a emitir más programación «pro-América».
Marcus también sostiene que la radio AM local anticipa temas que luego explotan en la agenda nacional. Cita el caso de los centros de datos: dice haberlos escuchado discutidos en emisoras AM durante más de un año, con matices, antes de que se volvieran tema de portada.
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Que el Congreso tenga que legislar para que sobreviva una antena dice mucho del estado del mercado de las ideas. Durante décadas la radio AM local funcionó sin subsidio ni mandato: la gente la escuchaba porque servía. Hoy necesita una ley para no desaparecer del salpicadero.
Hay una tensión que no conviene ocultar. Exigirle a cada fabricante que instale una antena es, técnicamente, una intervención regulatoria sobre una industria privada. El libre mercado normalmente resolvería esto por demanda del consumidor, no por decreto legislativo. Pero cuando el argumento es la resiliencia ante un apagón cibernético total, la balanza cambia: es la diferencia entre tener un canal de emergencia y quedarse a oscuras, literalmente, sin información.
Lo de fondo es otra cosa. Mientras las plataformas digitales moderan, algoritmizan y filtran el debate según su propio relato, un programa de radio local con un conservador y un liberal hablando tres horas sin gritarse sigue siendo, paradójicamente, más plural que buena parte de la conversación en redes. Que no te lo cuenten como nostalgia: es competencia real frente al monopolio cultural de las grandes tecnológicas.



