Anthony Fauci se acogió el miércoles a la Quinta Enmienda durante su comparecencia ante el Congreso. No sorprendió a nadie que lleva meses siguiendo el expediente. Lo que sí sorprende —o quizás ya no— es lo que su propio diario privado dejó escrito mucho antes de que cualquier comité lo citara.
La entrada del 29 de septiembre de 2021 es la pieza central. Según el texto reproducido por el columnista Hugh Hewitt en Fox News, Fauci escribió que una entrevista periodística lo «desencadenó» y lo llevó a reflexionar sobre su retiro, quejándose de que «decenas de millones de personas lo odian porque defiende la verdad». Hasta ahí, el relato de mártir de la ciencia que el establishment mediático lleva años construyendo.
Pero el diario va más lejos. En esa misma entrada, Fauci calificó al microbiólogo Richard Ebright —uno de los científicos más respetados en el debate sobre ganancia de función— de «gilipollas total» que «empuja la teoría del laboratorio porque quiere ser alguien». También expresó su «terrible decepción» con Jesse Bloom y David Relman por cuestionar la investigación de ganancia de función, insinuando que esperaban que el virus fuera una fuga de laboratorio para beneficiarse políticamente.
Y aquí viene lo más revelador: en la misma entrada, Fauci equiparó las críticas científicas a su gestión con el negacionismo electoral trumpista, el «Lock her up» y la narrativa del 6 de enero. En sus propias palabras, según la fuente, la oposición a él era parte de la «gran mentira».
Eso no es ciencia. Es política.
La razón por la que Fauci invocó la Quinta Enmienda también tiene su explicación legal. Según la columna citada, cualquier declaración que haga ante un funcionario federal lo expone a la ley 18 U.S.C. 1001, que penaliza las declaraciones falsas. Fauci ya recibió un indulto. No quiere volver a entrar en ese terreno.
El relato se cayó solo.
Durante años, la burocracia sanitaria global usó a Fauci como escudo: quien lo cuestionaba era un negacionista, un trumpista, un ignorante. Los medios afines construyeron una cúpula de platino alrededor de su figura. Ahora es su propio diario el que muestra a un funcionario que confundía la disidencia científica con conspiración política, que despachaba a colegas con insultos y que medía su trabajo en términos de imagen personal.
Eso es exactamente lo que pasa cuando el aparato estatal convierte a un burócrata en institución intocable: la rendición de cuentas llega tarde, cara y con intereses compuestos. El contribuyente financió décadas de ese aparato. Merece saber lo que se cocinaba adentro.



