El relato se cayó solo.
Durante años, el doctor Anthony Fauci, entonces director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID), repitió la misma defensa ante periodistas, cámaras y legisladores: él no había recomendado ni ordenado los cierres de escuelas ni los confinamientos. Era una acusación política, decía. Una distorsión de sus palabras.
Ahora sus propias notas privadas lo desmienten.
Una entrada del 15 de marzo de 2020, que comienza con «BIG DAY!» escrito en letras rojas, documenta con detalle cómo Fauci se atribuyó el mérito de haber persuadido al entonces alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, de cerrar las escuelas de la ciudad. «Lo convencí basándome en lo que yo decía públicamente y en nuestra conversación de esa noche», escribió en sus notas privadas, según las entradas reveladas.
En la misma entrada consignó una llamada con Ann O'Leary, jefa de gabinete del gobernador de California Gavin Newsom. Según sus propias palabras, O'Leary le dijo que, «basándose en mis apariciones televisivas de hoy y ayer», el gobernador había decidido cerrar las escuelas, bares y restaurantes del estado.
El contraste con sus declaraciones públicas es categórico.
En octubre de 2022, en una entrevista con ABC News, Fauci afirmó: «Siempre vuelven y dicen que Fauci fue responsable de cerrar las escuelas. ¡Yo no tuve nada que ver!». Ese mismo año le dijo a The Hill que «no recomendé cerrar nada». Y el 9 de enero de 2024, ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, declaró bajo juramento: «Yo no cerré las escuelas».
Tres instancias públicas. Una entrada de diario que dice lo contrario.
Que no te lo cuenten.
Lo que está en juego aquí no es solo la credibilidad de un funcionario retirado. Es el costo que pagaron millones de familias —niños con retrasos de aprendizaje, pequeños negocios liquidados, libertades suspendidas por decreto— mientras el arquitecto de esas políticas negaba públicamente su autoría y, en privado, la celebraba como un logro personal.
La burocracia sanitaria acumuló durante la pandemia un poder sin precedentes sobre la vida cotidiana de los ciudadanos. El diario de Fauci no es una anécdota: es evidencia de que ese poder se ejerció con una opacidad deliberada. Cuando el aparato estatal miente sobre quién tomó las decisiones, nadie puede rendir cuentas. Y cuando nadie rinde cuentas, el contribuyente paga dos veces: primero con su libertad, después con su silencio.



