El precio de la vida manda en la política estadounidense. Siempre lo ha hecho.
Ahora, con año y medio de gobierno Trump en el reloj, las encuestas envían una señal que la Casa Blanca no puede ignorar: la mayoría de los votantes desaprueba su manejo de la economía. Su aprobación neta en ese rubro cayó 13 puntos hasta -37 entre marzo del año pasado y junio, según encuestas de Fox News. En sondeos de Washington Post/Ipsos el retroceso es de 24 puntos, hasta -32.
Lo que más pesa no son los aranceles ni el precio de la gasolina, aunque ambos aparecen en la lista. Según una encuesta Reuters/Ipsos de junio, el costo de la salud lidera las preocupaciones con un 28% de los consultados, seguido por la vivienda con un 19%. Los alimentos llegan al 18% y la gasolina al 15%. El costo de vida en general es el factor más importante para el 46% de los votantes.
Más revelador aún: grandes mayorías de estadounidenses creen que el sistema político y económico está diseñado en su contra. El 72% de los adultos de clase media y el 86% de la clase trabajadora lo afirman. Esas cifras subieron más de 30 puntos en una década. No es una crisis coyuntural: es una fractura estructural de confianza que ningún partido ha sabido cerrar.
Los demócratas están, sobre el papel, bien posicionados para capitalizar ese malestar. Son el partido fuera del poder, y la historia dice que eso vale votos cuando la economía duele. Pero la pregunta que recorre Washington es la misma que se repite cada ciclo: ¿alguien cree que tienen la solución?
La respuesta, por ahora, no es clara. El ala izquierda del partido empuja candidatos que proponen más gasto, más regulación y más aparato estatal, exactamente la medicina que ya se recetó y no curó nada. Mientras tanto, los votantes que dicen sentir el sistema «en su contra» no están pidiendo más burocracia: están pidiendo que el dinero que les queda en el bolsillo alcance para algo.
Contrafuego lo dice sin rodeos: el malestar económico es real y los números lo confirman. Pero confundir hartazgo con apetito por más intervención estatal es el error clásico de una izquierda que lee las encuestas de dolor y concluye que la gente quiere más gobierno. El costo de la salud y la vivienda llevan décadas inflados, en buena parte, por regulaciones y subsidios mal diseñados que distorsionan los mercados. Más de lo mismo no es una receta; es el problema rebautizado.
El verdadero test no es si los votantes están frustrados. Lo están. El test es si algún partido les ofrece menos carga, más libertad y precios que bajen de verdad. Que no te lo cuenten.



