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Opinión · Análisis

El dolor económico de los votantes abre la puerta a los demócratas, pero nadie les cree la receta

Las encuestas muestran que una mayoría desaprueba el manejo económico de Trump, pero los demócratas siguen sin convencer de que tienen algo mejor que ofrecer.
Imagen ilustrativa
martes 21 de julio de 2026

El precio de la vida manda en la política estadounidense. Siempre lo ha hecho.

Ahora, con año y medio de gobierno Trump en el reloj, las encuestas envían una señal que la Casa Blanca no puede ignorar: la mayoría de los votantes desaprueba su manejo de la economía. Su aprobación neta en ese rubro cayó 13 puntos hasta -37 entre marzo del año pasado y junio, según encuestas de Fox News. En sondeos de Washington Post/Ipsos el retroceso es de 24 puntos, hasta -32.

Lo que más pesa no son los aranceles ni el precio de la gasolina, aunque ambos aparecen en la lista. Según una encuesta Reuters/Ipsos de junio, el costo de la salud lidera las preocupaciones con un 28% de los consultados, seguido por la vivienda con un 19%. Los alimentos llegan al 18% y la gasolina al 15%. El costo de vida en general es el factor más importante para el 46% de los votantes.

Más revelador aún: grandes mayorías de estadounidenses creen que el sistema político y económico está diseñado en su contra. El 72% de los adultos de clase media y el 86% de la clase trabajadora lo afirman. Esas cifras subieron más de 30 puntos en una década. No es una crisis coyuntural: es una fractura estructural de confianza que ningún partido ha sabido cerrar.

Los demócratas están, sobre el papel, bien posicionados para capitalizar ese malestar. Son el partido fuera del poder, y la historia dice que eso vale votos cuando la economía duele. Pero la pregunta que recorre Washington es la misma que se repite cada ciclo: ¿alguien cree que tienen la solución?

La respuesta, por ahora, no es clara. El ala izquierda del partido empuja candidatos que proponen más gasto, más regulación y más aparato estatal, exactamente la medicina que ya se recetó y no curó nada. Mientras tanto, los votantes que dicen sentir el sistema «en su contra» no están pidiendo más burocracia: están pidiendo que el dinero que les queda en el bolsillo alcance para algo.

Contrafuego lo dice sin rodeos: el malestar económico es real y los números lo confirman. Pero confundir hartazgo con apetito por más intervención estatal es el error clásico de una izquierda que lee las encuestas de dolor y concluye que la gente quiere más gobierno. El costo de la salud y la vivienda llevan décadas inflados, en buena parte, por regulaciones y subsidios mal diseñados que distorsionan los mercados. Más de lo mismo no es una receta; es el problema rebautizado.

El verdadero test no es si los votantes están frustrados. Lo están. El test es si algún partido les ofrece menos carga, más libertad y precios que bajen de verdad. Que no te lo cuenten.

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