Que no te lo cuenten.
Tony Barzar tiene 60 años, trabaja en el área de autocaja de Costco y gana $32.90 la hora. Lleva en la empresa desde 1986. Esta semana, The Wall Street Journal publicó su historia: sus ahorros en el plan de retiro 401(k) superan el millón de dólares.
No es un ejecutivo. No es un tecnócrata con título de posgrado ni un funcionario con pensión blindada por el Estado. Es un trabajador por hora en el sector minorista, uno de los más golpeados por la rotación y los salarios bajos.
Y no está solo. Según Gary Millerchip, director financiero de Costco, «muchos miles» de empleados por hora en Estados Unidos han acumulado más de un millón de dólares en sus cuentas 401(k). La empresa apuesta por retener talento porque, en sus propias palabras, resulta más barato mantener a un buen empleado que entrenar constantemente a uno nuevo.
Los números respaldan la estrategia. Según el WSJ, las acciones de Costco han subido más del 2,000% en los últimos 20 años: de alrededor de $40 por acción tras la recesión de 2008 a cerca de $953 esta semana.
Un estudio de McKinsey de 2023 analizó reseñas en línea de más de 100 minoristas, tanto de clientes como de empleados. Conclusión: las empresas en el cuartil superior de satisfacción laboral tenían más del doble de probabilidades de estar también en el cuartil superior de satisfacción del cliente. «Los trabajadores más felices generan emociones similares en sus clientes, pero además son mejores en su trabajo», señaló el informe.
Costco también es conocida por su famosa combinación de hot dog y refresco a $1.50, precio que no ha cambiado a pesar de la inflación generalizada.
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Esta historia incomoda a quienes venden la idea de que solo el Estado puede garantizar el bienestar del trabajador. Costco no necesitó mandato gubernamental, cuota sindical obligatoria ni subsidio público para convertir a un cajero en millonario. Lo hizo con un modelo de negocio que alinea los incentivos correctos: paga bien, retiene talento, reduce costos de rotación y crece.
Eso se llama libre empresa funcionando. Mientras la burocracia diseña programas sociales que prometen mucho y entregan poco, una compañía privada lleva casi cuatro décadas demostrando que el mercado —cuando no se distorsiona— premia el esfuerzo y la permanencia. El relato se cayó solo.



