Hay un consejo de citas que todo hombre ha escuchado al menos una vez: «sé tú mismo». El problema, señala el escritor Stephan Kapustka en The Daily Wire, es evidente: ¿qué pasa si «tú mismo» es alguien que pasa el día con videojuegos, Instagram Reels o leyendo solo, sin cruzarse con nadie nuevo?
La discusión cobró vida cuando la coach de citas Blaine Anderson publicó en X una lista jerarquizada de hobbies para hombres solteros. Actividades como el baile social y el voluntariado quedaron en los puestos altos; los videojuegos, en el fondo. La respuesta de muchos usuarios fue inmediata y hostil. Una de las más representativas, según recoge Kapustka: «Esta narcisista cree que los hobbies de los hombres existen para hacerla feliz».
Kapustka —quien se declara ex alumno de Anderson y admite que no puede ser completamente imparcial— defiende que ella está bastante más cerca de la verdad que sus críticos.
El argumento es sencillo: si eres la mejor persona del mundo y el compañero ideal para alguien, eso no sirve de nada si nunca te pones en posición de conocer a nadie. Como en el mercado: el mejor producto del mundo no se vende si nadie sabe que existe.
Pero la solución no es hacer cosas que no te gustan solo para conocer mujeres. Kapustka lo ilustra con claridad: un hombre que toma clases de tejido feminista casi con certeza no obtendrá lo que busca. Si haces Pilates principalmente para ligar, probablemente serás malo en Pilates porque no te importa realmente, y las mujeres lo notarán. El resultado: te leen como inauténtico y se acabó.
El dilema, entonces: si haces cosas que disfrutas pero que no te exponen a otras personas, no conocerás a nadie. Si haces cosas que no disfrutas para conocer gente, tampoco funcionará. La salida que propone Kapustka es encontrar algo que genuinamente disfrutes y que te obligue a interactuar con otros.
Él mismo lo probó. El pickleball le pareció aburrido y una mala imitación del tenis; lo dejó. El baile social fue diferente: le dio algo que hacer por las noches, lo forzó a hablar con mujeres en un entorno de bajo riesgo y resultó ser genuinamente divertido. Un crítico en redes comentó que cualquier hombre que liste «baile» como hobby es gay. Kapustka responde con ironía: ojalá; su vida amorosa sería mucho más sencilla.
Según el artículo, los estadounidenses están cada vez más aislados, con menos amigos, menos citas y menos vida sexual. Una razón subestimada, apunta Kapustka, es que hoy es mucho más fácil tener hobbies que no requieren estar cerca de nadie. El camino de menor resistencia es, cada vez más, estar solo.
Que un consejo tan elemental —sal, haz cosas reales, interactúa con personas— genere furia en redes revela algo más profundo que la incomodidad ante una lista de actividades. La lógica del mercado aplica aquí con precisión quirúrgica: no basta con tener valor, hay que presentarse. Quien rechaza ese principio básico no está defendiendo su identidad; está racionalizando el inmovilismo. El libre mercado, también el social, premia a quien actúa.

