Antes del primer proceso de destitución contra Donald Trump en 2019, nadie había oído hablar del teniente coronel Alexander Vindman. Su testimonio lo convirtió en celebridad nacional y en estandarte de la llamada «Resistencia», ese movimiento militantemente anti-Trump que, según la fuente, se dedica a «hacer cosplay de disidentes viviendo en un Estado autoritario».
Desde entonces, Vindman se retiró del ejército, montó una consultora, publicó dos libros y se convirtió en conferenciante de alto precio. El oscuro teniente coronel pasó a ser una marca. Y ahora esa marca quiere un escaño en el Senado de Florida.
Los números los publicó Chuck Ross, periodista de investigación del Washington Free Beacon: Vindman declaró aproximadamente 1,5 millones de dólares en ingresos de su empresa de consultoría, 240.000 dólares de su Substack personal y 27.000 dólares por una sola conferencia en casa de una mujer adinerada, entre otras fuentes de ingresos.
El detalle más llamativo está en el Substack. Vindman ofrece una opción de suscripción llamada «pon tú el número», con un mínimo de 250 dólares al año y sin máximo. Las contribuciones individuales a Substack no tienen obligación de divulgarse. Es decir: el señor Anti-Corrupción-de-Élite dispone de un canal por el que cualquiera puede enviarle grandes sumas de dinero sin revelar su identidad a nadie más que a él. Del total de 240.000 dólares en ingresos por Substack, no queda claro cuánto provino de suscripciones ordinarias y cuánto llegó por esa vía.
Su retórica populista es de manual: «El pueblo de Florida quiere un senador que use el poder del cargo para aplastar la corrupción y recortar costos, no para hacerse millonario con sus patrocinadores multimillonarios». El problema, claro, es que quien lanza esa acusación ya se hizo millonario exactamente así: convirtiendo su proximidad al poder en fama, y la fama en dinero.
La comparación con Bernie Sanders es inevitable. Sanders también amasó millones con libros que critican el capitalismo. Los defensores de ambos responderán que «se lo ganaron». Nadie lo niega. El problema no es la riqueza; es la hipocresía de construir una marca sobre atacar a quienes lucran con el poder político y luego hacer exactamente lo mismo.
Que no te lo cuenten. El negocio de la indignación permanente tiene sus propios incentivos, y son tan poderosos como los que mueven a cualquier político de carrera. Vindman no es una excepción al sistema que denuncia: es su versión más rentable. Si los votantes están hartos de una clase política que perpetúa crisis para mantenerse relevante, deberían aplicar la misma vara a quienes llegaron al poder vendiendo esa misma crisis. La doble vara no desaparece solo porque quien la empuña lleve uniforme.



