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El «iPhone» de 1937: la conspiración viral que se derrumbó ante un espejo

Un mural del New Deal desató en X teorías de viajes en el tiempo. Los historiadores tienen una respuesta mucho más aburrida, y mucho más sólida.
Imagen generada con IA
miércoles 9 de septiembre de 2026

Un detalle en un mural de casi noventa años encendió las redes esta semana. El objeto rectangular que sostiene un indígena en la pintura «Mr. Pynchon and the Settling of Springfield» —oscuro por detrás, con lo que parece un borde cromado— fue bautizado por usuarios de X como prueba de que alguien viajó en el tiempo con un iPhone.

«iPhone in painting from 1937 JUST DISCOVERED???», escribió uno de los primeros en difundir la imagen. Otro usuario añadió: «Now that one actually looks like a cell phone». El ciclo viral estaba servido.

El mural fue pintado en 1937 por el muralista ítaloamericano Umberto Romano. Representa la fundación de Springfield, Massachusetts, en el siglo XVII: colonos ingleses, miembros de los pueblos Pocomtuc y Nipmuc, y la figura central de Pynchon, uno de los fundadores de la ciudad moderna. Romano lo ejecutó con estudiantes y fue financiado por el Federal Arts Project, un programa gubernamental activo entre 1935 y 1943 que contrató artistas visuales durante la Gran Depresión, según el Smithsonian National Postal Museum.

Para garantizar precisión histórica, Romano consultó con el historiador local Harry Andrews Wright y con la autora Esther Forbes. El objetivo declarado era retratar el desarrollo de la región entre 1636 y 1936.

La explicación de los historiadores es tan simple que casi decepciona: el objeto es, con toda probabilidad, un espejo. Los espejos eran artículos de intercambio habituales en las colonias americanas del siglo XVII, lo que explicaría perfectamente por qué el indígena parece estudiar su propio reflejo en el objeto.

El relato se cayó solo. No hace falta tecnología del futuro para explicar un rectángulo brillante en manos de un nativo del siglo XVII; basta con conocer el comercio colonial básico.

Lo que sí merece atención es el mecanismo detrás del fenómeno. En la era de los algoritmos de participación, una imagen descontextualizada recorre el mundo antes de que cualquier verificación tenga oportunidad de alcanzarla. El mural lleva colgado décadas en el edificio estatal de Massachusetts —antes la oficina principal de correos de Springfield— y nadie lo había «descubierto» hasta que alguien decidió que era más interesante con una narrativa de ciencia ficción.

Contrafuego no tiene problema con el asombro genuino ante el arte. El problema es otro: la misma disposición a creer sin verificar que alimenta conspiraciones inofensivas sobre espejos coloniales es la que, en temas con consecuencias reales, produce daño político y social. El antídoto no es la censura ni el fact-checking institucional capturado por el Estado; es la cultura del escrutinio, la exigencia de fuentes y el sano escepticismo ante cualquier relato —incluido el nuestro. Que no te lo cuenten.

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