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Opinión · Análisis

El movimiento conservador perdió a su guerrero más alegre — y aún no sabe cómo reemplazarlo

Un año después de la muerte de Ed Feulner, cofundador de la Heritage Foundation, la derecha americana debate si conservar sus principios o rendirse al populismo del agravio.
Imagen ilustrativa
viernes 17 de julio de 2026

Hace un año murió Ed Feulner. No es un nombre que llene titulares hoy, pero sin él el conservadurismo americano moderno no existe tal como lo conocemos.

Feulner cofundó la Heritage Foundation en 1973 y la convirtió, según quienes lo conocieron de cerca, en el motor intelectual del movimiento conservador estadounidense. Presidentes buscaron su consejo. Miles de jóvenes conservadores encontraron su vocación bajo su tutela — entre ellos Tim Chapman, hoy presidente de Advancing American Freedom, quien lo describe como «jefe, mentor y amigo».

El diagnóstico que Chapman publica en el primer aniversario de su muerte es incómodo para la derecha: lo que hoy pasa por liderazgo conservador es, con demasiada frecuencia, «caza de influencia y catastrofismo». Influencers que monetizan la desesperación, que tratan cada ciclo de noticias como el apocalipsis y a cada aliado como un sospechoso. «Un movimiento que funciona con animosidad», escribe Chapman, «termina funcionando en vacío».

Feulner, en cambio, fue lo que Ronald Reagan llamaba un «guerrero alegre». Su frase característica — «adelante, siempre» — no era un eslogan: era un temperamento. Vivió el desastre post-Watergate, la parálisis de los años Carter y el desierto electoral de 2008, y nunca confundió una temporada perdida con una causa perdida. Su convicción: las estrategias cambian, los principios permanecen.

No construyó destruyendo. Estudió a Russell Kirk y Frank Meyer, aprendió de ellos y luego edificó algo más grande, reconociéndoles el mérito. Sabía que estaba parado sobre hombros de gigantes, y lo decía constantemente.

Aquí está la paradoja que Chapman no nombra pero que flota sobre cada línea: el conservadurismo que Feulner representó — gobierno limitado, mercados libres, familias fuertes, liderazgo americano en el mundo — compite hoy por espacio con un populismo que, según el propio artículo, «en su apetito por el poder estatal y su política del agravio se parece más a la izquierda que a la derecha».

Que no te lo cuenten como si fuera un debate abstracto. Es una disputa por la herencia de un movimiento que ganó la Guerra Fría y reformó el Estado de bienestar americano.

Desde Contrafuego lo vemos con claridad: la tentación del agravio es universal y no tiene bandera. La derecha que abandona el libre mercado, la propiedad privada y el gobierno limitado para abrazar el intervencionismo con otro nombre no conserva nada — solo cambia de amo. Feulner lo entendía. El mejor homenaje no es el luto, sino la disposición que modeló durante medio siglo: alegría hoy, esperanza en el futuro y gratitud por lo recibido. Todo lo demás es ruido.

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