El relato se cayó solo. Y esta vez lo dijo uno de los suyos.
Jonathan Swan, reportero del New York Times, concedió una entrevista a 60 Minutes Australia la semana pasada. El tema: su nuevo libro sobre Trump, escrito junto a Maggie Haberman. El título lo dice todo: Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump.
Swan no vino a consolar a nadie. Vino a decir lo que el establishment mediático lleva una década negando.
«El obituario político de Donald Trump ha sido escrito tantas veces, por tanta gente», afirmó Swan. «Y a estas alturas, si no tienes algo de humildad al respecto, creo que estás operando de una manera bastante delirante».
No es poca cosa. Es el New York Times. El mismo medio que enfrenta una demanda de 15.000 millones de dólares interpuesta por Trump. El mismo que, según el propio Swan, debería mirarse al espejo.
El reportero describió a Trump como alguien con ambición «napoleónica» y una capacidad de supervivencia política sin parangón. Lo dijo sin ironía. Lo dijo como advertencia.
«Tiene una capacidad increíble para regenerarse», continuó Swan. «Y todavía le quedan dos años y medio como el hombre más poderoso del planeta, sin ninguna intención de retroceder».
Swan también descartó cualquier escenario de derrota institucional. Incluso si los demócratas recuperan la Cámara, dijo, «no pueden tocarlo». Hay inmunidad conferida por la Corte Suprema. No hay perspectiva de condena, ni siquiera si hay impeachment.
En política exterior, Swan apuntó a Cuba como el próximo movimiento posible. «Han estado mirando un potencial cambio de régimen en Cuba», señaló. Nada confirmado. Pero el dato está sobre la mesa.
El reportero también describió un encuentro en la Casa Blanca. Trump les mostró un documento que, según él, fue escrito por un historiador. El documento abría afirmando que Trump es el hombre más poderoso que ha existido. Swan lo contó sin adorno. Así es Trump, dijo. Eso es lo que lo mueve.
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Que no te lo cuenten. La prensa que más ha apostado por el colapso de Trump es la misma que ahora, en voz baja, empieza a reconocer su error. Swan no lo hace por simpatía. Lo hace porque los hechos ya no admiten otra lectura.
Eso es lo que incomoda al progresismo institucional: no que Trump gane, sino que gane con sus propias reglas. Sin pedir permiso. Sin necesitar su validación. La «humildad» que pide Swan no es una virtud periodística. Es la rendición de quienes escribieron el obituario demasiado pronto, demasiadas veces.



