Que no te lo cuenten.
Trump rompió su boicot a la White House Correspondents' Dinner, estrechó la mano de los periodistas que escribieron las historias más duras sobre él —incluyendo sus vínculos pasados con el depredador sexual Jeffrey Epstein—, aguantó sentado las críticas a sus demandas contra medios de comunicación y, al final, hizo lo que sus predecesores han hecho durante años: devolvió los golpes con humor.
Eso fue suficiente para que Peter Baker, corresponsal jefe de The New York Times en la Casa Blanca, saliera el sábado a pedir que se «repiense la cena».
«Nuestra misión es defender los derechos de la Primera Enmienda de los corresponsales de la Casa Blanca para informar sobre el presidente sin miedo ni favores. Desafortunadamente, la noche de ayer no avanzó esa causa», escribió Baker en X.
Su esposa, Susan Glasser, también reposteada por Baker, fue aún más directa: «Si los periodistas no van a defenderla, es difícil pedírselo a todos los demás».
El problema, claro, es que nadie impidió nada. La asociación entregó premios a reporteros por coberturas ferozmente críticas del presidente. Trump aplaudió. Luego bromeó —sugirió, entre otras cosas, que Kaitlan Collins de CNN lucía transgénero, y que los medios quebrarán cuando él deje el cargo—. Formato de siempre. Presidentes de siempre.
Baker, tras la polémica, intentó matizar: aclaró que el NYT dejó de asistir al evento hace casi veinte años, mucho antes de Trump, y que esa fue también su política bajo Obama y Biden. La excepción era si un reportero ganaba un premio. Que conste: el propio Baker recibió en esa misma cena, hace dos años, el galardón de la WHCA por su cobertura del viaje de Biden a Israel tras el 7 de octubre de 2023.
Otra vez la doble vara.
Lo que revela este episodio no es una crisis de la Primera Enmienda. Es la crisis de identidad de una prensa que se acostumbró a que el poder le rindiera pleitesía y ahora llama «amenaza institucional» a que alguien le conteste. Durante el segundo mandato de Trump, según recoge la fuente, varios reporteros prominentes han criticado a sus propios colegas por intentar ser más neutrales que en el primer término —como si la neutralidad fuera el problema.
Contrafuego lo dice claro: la libertad de prensa no se mide por el derecho a criticar sin réplica. Se mide por el derecho a informar sin que el Estado te cierre. Trump hizo chistes. Baker ganó un premio. El relato se cayó solo.



