El tribunal del Condado de Essex, en Nueva York, llegó al viernes con una pregunta suspendida en el aire: ¿se atreverá Luciano Frattolin a subir al estrado y declarar bajo juramento?
Frattolin, empresario canadiense del sector del café de 45 años, está acusado de asesinar a su hija Melina, de 9 años, y de arrojar su cuerpo en un arroyo pantanoso cerca de Ticonderoga, en el estado de Nueva York. Los fiscales cerraron su caso el viernes a las 3:25 de la tarde, tras más de dos semanas de testimonios de más de una docena de agentes y peritos, horas de grabaciones en video y un caudal de pruebas materiales.
Ante la jueza Tatiana Coffinger, Frattolin mantuvo su inocencia en un breve intercambio: «Sí, soy inocente», dijo. Luego añadió algo que hiela la sangre por su ingenuidad — o su cálculo —: «Confío fácilmente en la gente, y confío en los policías». La magistrada le instó a consultar a fondo con sus defensores públicos antes de tomar una decisión que lo expondría al contrainterrogatorio de la fiscalía.
La historia que Frattolin contó originalmente a las autoridades es que Melina fue secuestrada en una parada de servicio de la autopista. Tres semanas de juicio han convertido esa versión en papel mojado.
La madre de Melina, Kali Galanis, tenía la custodia completa de la niña. Frattolin había sido autorizado a acompañarla en un viaje de varios días desde Montreal hasta la ciudad de Nueva York. Según la acusación, debía devolver a Melina a Montreal esa misma noche del pasado julio, aproximadamente a la hora en que presuntamente la mató.
Testificar en causa propia es, en el sistema anglosajón, una apuesta de alto riesgo: el acusado gana el micrófono, pero pierde el escudo del silencio constitucional. Cualquier contradicción, cualquier titubeo, puede ser explotado por la fiscalía ante el jurado.
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El caso Frattolin no necesita adornos para resultar estremecedor: una niña de 9 años, un padre autorizado a viajar con ella, un cuerpo en un pantano. Lo que sí merece señalarse es el funcionamiento de un sistema judicial que, con todas sus imperfecciones, acumuló pacientemente más de dos semanas de pruebas ante un jurado antes de que la defensa siquiera tuviera que abrir la boca.
El estado de derecho no es un eslogan: es esto. Testigos, peritos, video, cadena de custodia. Si Frattolin sube al estrado el lunes, será porque cree que puede desmontar todo eso con su propia voz. El jurado decidirá. Que no te lo cuenten.


